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Budapest seconda mano

Una ventana hacia Budapest 

 

Una de las cosas que más me llamó la atención cuando llegué a Budapest fueron las tiendas de ropa de segunda mano. No de esas que había visto en Londres donde podías encontrar piezas de marca casi nuevas o piezas vintage a precios bajos (que de esas también hay) sino tiendas gigantes en las que se encuentra ropa del día a día, ropa para todas las edades, de todos los tipos, para todos los géneros y que, sobre todo, están en cada esquina.

Primero no entendí qué eran y por un momento pensé que eran lavanderías. Había una a pocas cuadras de mi primer departamento en la ciudad. Tenía taaaanta ropa colgada y a veces cubierta en bolsas transparentes que tenía que ser una lavandería. Además, yo no entendía el idioma todavía (no es que lo entienda taaaanto ahora tampoco) así que lo que estaba escrito en las puertas y en las vitrinas no me daba ninguna pista sobre de qué se trataba. “Hasznalt Angol Ruha” no significaba nada para mí. Además, había algunas que ponían precio por peso, lo cual reafirmaba mi teoría de que eran lavanderías.

No se cómo o quién me hizo darme cuenta que en realidad eran tiendas de segunda mano, probablemente me topé con una que también tenía el nombre en inglés; el hecho es que muchas de ellas promocionan tener ropa de Reino Unido y ponen la bandera como parte del nombre de la tienda; otras, un poco más fashion ponen por fuera la lista de las marcas que tienen dentro. Hay de todos los tipos, las que son un desorden, las que son lindas, las que están organizadas por tallas, por tipo de ropa, por colores; hay realmente de todo, también con precios distintos.

Pero lo que más me sorprendió de todo esto de las tiendas de ropa de segunda mano, es la cultura detrás de las mismas. El hecho que fuera tan normal comprar ropa (y no solo ropa) de segunda mano. A mí no se me hubiera jamás ocurrido ir a comprarle ropa de segunda mano a mis hijas, es algo que en Perú –mi país natal- no se hace (o no se hacía hasta cuando me fui, hace más de siete años). En Budapest lo hice más de una vez. Y así como compré, vendí.

En Hungría es de lo más normal y, si lo piensan, tiene sentido. Me decía una amiga que es mamá de dos niños y que vive en el campo, que más barato le sale ir a comprar jeans y pantalones de segunda mano para sus hijos que estar comprando (y cosiendo) parches cada vez que se les rompen las rodillas del pantalón. Además, piensen en la cantidad de ropa que dejan de usar los niños cuando son bebés o la que ni siquiera usan y se queda nueva pero lavada y sin etiqueta, ¿por qué no vender/comprar esa ropa?

Así como hay estas tiendas que tanto me llamaron la atención, hay tiendas de libros, juguetes, ropa de niño (en las grandes también hay ropa de niños y hasta disfraces pero hay algunas tiendas especializadas) en las que se encuentran maravillas por precios increíbles. También hay muchísimos grupos de FB donde la gente vende cosas que ya no usa y están en perfecto estado o en los que mamás venden y/o intercambian la ropa que sus hijos ya dejaron y que está como nueva.

La idea de la ropa (y todo lo demás) de segunda mano es una de esas cosas simples, que parecen irrelevantes pero que esconden (o, al menos para mi escondían) en sí misma una oportunidad de ver el mundo con otros ojos, de ver como en otros lugares las cosas se hacen distinto y como distinto no es malo, sino al contrario. Fue una de las tantas cosas que me hizo ampliar mi cerebro y, debo admitir, cada vez que compré algo de segunda mano me sentí feliz porque estaba haciendo algo que, de no tener esta vida de expat, muy probablemente jamás hubiera hecho.

 

Mociexpat
Noviembre 2015