Home > Topics > Expat Testimonials > De vuelta en casa: casi una expatriada en mi propio país
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Mil gracias Moci por este artículo tan íntimo, por compartir tus sentimientos en esta etapa de tu vida de expatriada. Un artículo que seguramente ayudará muchas amigas a no sentirse solas.

 

Han ya pasado más de cinco meses y sigo procesando, analizando, dándole vueltas a todas las reflexiones y sentimientos que he experimentado (y sigo experimentado) desde mi regreso a Lima luego de casi 8 años de vivir afuera. Como siempre, escribir (actividad que retomo hoy después de mucho tiempo también) me ayuda a aclarar las ideas y es justo por eso que lo estoy haciendo ahora. Desde ya adelanto que este es un “borrador”, una especie de lluvia de ideas, un “pensar en voz alta” o, en este caso, “pensar escribiendo”. Aún no se si lo que logre escribir hoy, las medio conclusiones a las que llegue, las vaya a seguir manteniendo en unos meses más… mi análisis es un trabajo en proceso. ¡Desde ya gracias por permitirme la catarsis!

Desde un principio, regresar me daba miedo. Sabía perfectamente que yo había cambiado con los años fuera, que ya no pensaba igual ni veía igual el mundo; sabía que Lima ya no era la misma, que ella también había cambiado desde que me fui. Me quedaba clarísimo que lo mismo había pasado con mis amigos: todos habíamos cambiado, habíamos vivido experiencias diferentes, habíamos crecido y, muy probablemente, como casi siempre pasa, lo habíamos hecho en direcciones distintas. Era obvio que mis amigos además tenían una vida más intensa que aquella con la que los dejé, ellos también tienen hijos, familias, familias políticas, nuevos grupos de amigos, vernos no iba a ser fácil…y me quedaba claro que yo ya no sería la novedad como cuando venía de visita.

moci-de-vuelta2Sabía además que volver implicaría conocer una nueva Lima. Yo me fui a los 30, recién casada, trabajadora, sin hijos. Volvía 8 años después, con dos hijas, un esposo italiano (que nunca vivió en Lima pues me casé y nos fuimos) y trabajando en casa, cuidando a mis hijas y con eventuales trabajos freelance como coach, pero siempre teniendo a mis hijas como centro de mi día (y de mi vida). No conocía la Lima de mamás, la Lima de hijos en el nido, la Lima de mamás que se quedan en casa (y la mayoría de mis amigas trabaja).

Volvía a tener familia cerca (que es lo que más me atraía de volver), algo muy lindo pero también nuevo. Siempre habíamos vivido en “terreno neutral”, siempre habíamos sido sólo nosotros, primero y por varios años solo mi esposo y yo, luego con hijas. Ese era un factor que aunque suene trivial, es algo más que aprender a gestionar como pareja: balancear mi emoción de estar cerca (y la de mi familia…y la de mis hijas) con la necesidad de mantener el espacio de mi nueva familia.

Lo tenía claro: casi casi iba a tener que empezar como cuando llegaba a un país nuevo, tenía no sólo que reconectar con mi antigua Lima sino conocer otra y, mientras lo hacía, conocer personas nuevas.

Sentía también la responsabilidad de que todos sean felices en mi ciudad, mis hijas y, sobre todo, mi esposo. Al final, fui yo la que empujó este retorno temporal a Lima, motivada por un nuevo puesto de trabajo de mi esposo en el que pasaría largas temporadas fuera de casa.

Por otro lado, tenía ciertas expectativas sobre lo que vivir en mi ciudad me permitiría: tendría más ayuda en la casa y a mi familia para que me de una mano con mis hijas y eso me daría la oportunidad y el tiempo de redescubrirme como persona, luego de años (felizmente) dedicada a ser mamá. Podría hacer más yoga, hacer más coaching, ser voluntaria en La Liga de la Leche, escribir más, lo tenía todo pensado. Hasta había nombra este 2016 como el “Año de Moci”.

Conocía perfectamente el concepto de Choque Cultural Inverso, ya me había pasado algo similar cuando volví de hacer mi maestría años atrás. De hecho, había hasta hecho un trabajo de investigación sobre los efectos y las dificultades del repatrio cuando estudié coaching. Lo tenía claro: casi casi iba a tener que empezar como cuando llegaba a un país nuevo, tenía no sólo que reconectar con mi antigua Lima sino conocer otra y, mientras lo hacía, conocer personas nuevas. Hacerme una vida. Venía preparadísima.

Sentía que necesitaba conectar con gente que entendiera lo que me estaba pasando, que supiera lo que es mudarse constantemente…

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En Lima

Todo ha sido muy raro, difícil d’explicar. Mi primer instinto cuando llegué no fue tanto el de buscar a mis amigos de siempre, fue el de buscar nuevas amigas, amigas expatriadas. Hice lo que se hace antes de mudarse a una ciudad nueva, buscar expats. Claro, también le avisé a mis amigos que regresaba pero cuando ellos me buscaban, salvo contadas excepciones, siempre les pedí que me dieran tiempo, que esperaran a que me mudara a mi casa, que me organizara, que me sintiera más cómoda. Tenía miedo que no me entendieran, que pensaran que era una “huachafa” (jerga peruana que significa, entre otras cosas, “ridícula”) por sentirme extraña en la ciudad en la que viví -con ciertas cortas interrupciones- los primeros treinta años de mi vida. A las que si fui a conocer relativamente rápido fue a las extranjeras: sentía que necesitaba conectar con gente que entendiera lo que me estaba pasando, que supiera lo que es mudarse constantemente, adaptarse cada cierto número de años. Hasta me hacía falta hablar en otro idioma.

De todas las cosas que pensé que haría para mi, no he hecho casi nada. No he hecho yoga, recién hoy retomo la escritura, aún no leo el libro necesario para ser voluntaria de la Liga de la Leche, no he retomado el coaching (aunque si he empezado un proyecto que no era parte de mis planes originales) … Lo quiero todo, quiero hacer mil cosas pero no quiero dejar a mis hijas… y siento esa lucha interna todo el tiempo. Ese cambio, que a la distancia me parecía fácil y que era lo que quería, también está siendo difícil, aún no encuentro el balance.

Extraño muchas cosas de mi vida anterior: el transporte público, mis caminatas, mi día a día lleno de actividades, a mis amigas…

Tampoco ha sido fácil acompañar a mi esposo en el proceso (aun en curso) de adaptación. Él viajó por 3 meses al poco tiempo de llegar a Lima por lo que en realidad no empezó a vivir acá sino hasta después de 4 meses de haber llegado. Eso también retrasó nuestro proceso de adaptación como familia, de encontrar un nuevo equilibrio los cuatro juntos, una nueva rutina…

Así que, aunque estoy muy contenta de estar con los míos y de ver a mis hijas felices viviendo la experiencia de pertenecer a un “clan”, y aunque estoy casi segura que estar acá es la mejor alternativa para mi familia en este momento profesional de mi marido; extraño muchas cosas de mi vida anterior: el transporte público, mis caminatas, mi día a día lleno de actividades, a mis amigas, el verlas casi a diario y sin más planeamiento logístico que “¿a qué hora vas al parque?”, el contacto con gente tan distinta, el escuchar muchos idiomas…

No se si lo mío sea Choque Cultural Inverso, sobre todo por la falta de “Shock” ya que yo lo tenía todo previsto. Por la definición parece ser que sí, que más allá de saber que no va a ser fácil, es distinto llegar y que, efectivamente, no sea fácil. No sé si lo que siento acá quizás lo hubiera sentido en cualquier otro país medio caótico. No sé si es simplemente el proceso de adaptación propio de un cambio de país, del “luto” por la ciudad maravillosa que dejé o si el hecho que el nuevo destino sea mi ciudad natal hace que todo sea diferente.

Aprendí que me gusta mucho ser la extranjera, me gusta ser la outsider, no pertenecer, no me hace sentir sola sino que me hace sentir libre.

A veces creo que lo que siento es una especie de conflicto entre todas las herramientas que desarrollé en estos años de expatriada y el hecho de estar en mi país. Yo siempre decía que mi mejor estrategia para adaptarme es mirar mi ciudad de acogida con “ojos de turista”, que eso hace que hasta lo menos bonito se vea interesante, total, estoy de paso, nada es para siempre… y si no es para siempre, no me va a matar… quizás esa visión de temporalidad -porque al final Lima también es un destino temporal- choca con el hecho de que sea trate de mi ciudad. No lo sé…

En Budapest

En Budapest

La verdad es que en estos años de vivir lejos de casa, aprendí que me gusta mucho ser la extranjera, me gusta ser la outsider, no pertenecer, no me hace sentir sola sino que me hace sentir libre. Me gusta mirar desde fuera, con distancia, sin pasiones y eso es difícil en tu propio país. Me fascina moverme en espacios llenos de gente distinta, de todos los países, de todas las culturas, de todas las lenguas, en los que todos somos outsiders y en los que aprendes que las mismas cosas se pueden hacer de mil maneras y que no hay ninguna mejor que otra… y todo eso es tan enriquecedor que te permite copiar y adoptar las cosas que más te gustan de unos y de otros y hacer tu propio código, tu propio estilo… y a veces no es fácil encontrar esos espacios de diversidad cuando estás en tu ciudad, demanda más esfuerzo porque no estás sola, porque lo necesitas menos, porque tienes familia que te acompaña. Tampoco es fácil ser distinta, tener ese estilo diferente, producto de la mezcla de tantos estilos adoptados en el tiempo…a veces te sientes que no perteneces justo en el lugar al que, cuando no vives en él, llamas hogar…y eso se siente raro.

Felizmente, las cosas están ya tomando sentido. Poco a poco voy encontrando el balance. Ya siento que está empezando mi nueva vida. Una vida que no se parece en nada a la que dejé y que es una especie de mix entre ser “local” y ser “expatriada”, entre pasar tiempo con mi familia y mis amigos de antes y mis amigos nuevos. Estoy tratando de juntar lo mejor de ambos mundos, la familiaridad de mi ciudad y de mi gente con la novedad y riqueza de gente nueva que me da ese toque de pluralidad que tanto extraño. Por fin empiezo a sentir que otra vez estoy empezando a ser la persona que me convertí en estos años lejos, el sólo hecho de estar escribiendo esto es una muestra de eso…

 

Mociexpat (Moraima Ferradas Reyes)
Lima, Perú
Setiembre 2016

Fotos ©Mociexpat