Home > Vida en el extranjero > Traslados > Belonging, un libro sobre la casa y el sentido de pertenecer

Arreglando los artículos después del pasaje al sitio multilingüe, hemos encontrado este artículo sobre un libro importante, que nos hace reflexionar sobre el concepto de casa y el sentido del pertenecer.

 

Hace casi tres años leí Belonging, home away from home de Isabelle Huggan, a mi vuelta a Italia después de cinco años y medio vividos en Perú, y con el corazón más lastimado que nunca entre tantas casas – la de Lima que apenas había dejado, la de Milán a la cual volvía, la de Toscana que anhelaba, y una futura, imprecisa casa relacionada a las futuras misiones de mi marido. El libro me lo había aconsejado una querida amiga que había dejado en Perú, y que conocía personalmente a la autora. Lo había comprado, pero lo tenía sobre el estante sin decidirme a abrirlo.

El tema de la casa para quien como yo transcurre su vida en innumerables lugares y viviendo sus momentos más importantes sobre diferentes fondos, es muy intenso, y tuve que esperar el momento justo para poder sumergirme en él. Cuando finalmente me decidí encontré el relato de una mujer que, como yo y como miles de otras mujeres que tejemos nuestro destino a una red potencialmente infinita de lugares y rostros, cuenta la historia relacionada al armar la propia casa en un ambiente desconocido y en muchos casos hostil. Porque la casa no es solamente la estructura dentro de la cual recreamos nuestro ambiente familiar y donde nos sentimos seguros, sino también es sobre todo armonizar con todo lo que esta alrededor de ella, la lengua, los usos, las costumbres, los problemas, las angustias, los deseos y, en algunos casos, (como Isabelle ha experimentado en su propia piel) los desastres naturales, que desarraigan las certezas y cambian el panorama a nuestro alrededor.

belongingIsabelle comienza contándonos sobre su casa en Provenza, una antigua casa de piedra que ella y el marido habían comprado porque el sentía que esa zona, exactamente ese paisaje y esa gente, era donde quería vivir entre una misión en el exterior y otra, y donde quería retirarse al fin de su carrera laboral. Una elección que Isabelle había hecho propia, así como había aceptado dejar Toronto y su trabajo de profesora de escritura creativa para transferirse en Kenia primero, y luego en las Filipinas. Nos cuenta las dificultades de apropiarse de una lengua compleja, de entrar en sintonía con los habitantes de la región, de llegar a sentirse de verdad parte del panorama humano del lugar .Nos cuenta también del amor por esta vieja casa, de la dulzura del paisaje que la rodea, de los pequeños detalles que se vuelven parte de la cotidianidad que se va formando poco a poco en aquel lugar.

Pero no solamente. Isabelle habla de su experiencia en los países en que ha vivido, dándonos pequeñas muestras de los lugares y de los sentimientos que ellos suscitan, y nos transporta a aquellas situaciones que todas las expatriadas han vivido al menos una vez en la vida – la muerte del gato que la había seguido en su vagabundeo, el encuentro con la comunidad de la iglesia de Nairobi, el descubrimiento de los paisajes de las Filipinas, y los retornos siempre los retornos a la casa de Provenza.

Las reflexiones sobre lo que significa una casa nunca cesan en todo el libro, son el hilo conductor entre todos los cambios y las historias personales que se superponen y abraza numerosísimos aspectos del fatigoso y fascinante proceso de adentrarse en una cultura ajena. Tantas son las puntas que este libro me ofreció y sobre las cuales me detuve que quisiera compartir algunas con ustedes. A un cierto punto Isabelle dice:

Hay momentos en los cuales estoy casi asustada porque siento de una manera tan aguda donde estoy, sé exactamente como la calle se curva y donde hay que disminuir la velocidad, o en que punto esperar que el sol se refleje en el vidrio de la ventanilla, o hacia donde mirar para encontrar la Cintura de Orión en el claro cielo del crepúsculo. Geometría emotiva, conocimiento físico del más profundo tipo, aquel que anida bajo la piel más allá de la historia, más allá de las palabras (pag.14, la traducción es mía).

No sé si alguna vez sintieron lo que Isabelle describe. Yo si, y lo encontré aquí escrito de una manera muy delicada y poética, pero muy fuerte al mismo tiempo en su casi violenta claridad: sentirse a casa quiere decir conocer un lugar con algo que va mas allá de la simple mirada, quiere decir sentirse visceralmente parte porque se lo domina, se conocen las fisuras, las curvas, las expresiones. Conocimiento que deriva de la experiencia repetida de nosotros mismos que en el interior de ese lugar funcionamos, nos movemos, vivimos.

O también:

De algún modo existo a un nivel más profundo que la lengua, donde las palabras no me tocan, pero al mismo tiempo intento siempre “aferrar”, conocer y ser conocida. No soy yo misma y al mismo tiempo soy más que nunca yo misma, porque hay una clara definición constante. Visiblemente no soy francesa, a veces creen que soy holandesa o americana, y entonces explico que je suis Canadienne anglophone, siempre seré extranjera, ajena, toujours une etrangere“ (pag.16).

La sensación totalizante de que siempre seré distinta al contexto, independientemente de cuanto logre amalgamarme, aprender la lengua del lugar, terminar con el doloroso proceso de tender continuamente hacia un mayor conocimiento, y anhelar modos para hacerme aferrar en el modo justo por aquellos que me circundan.

Y aún:

Pero es casa que deseo, que anhelo, casa que quiero recordar en los mínimos detalles […] En realidad no me refiero a aquella pequeña casa blanca cuando escribo la palabra casa , sino a la sutil , cinética familiaridad que viene del situarse uno mismo en un territorio reconocible, la sensación de saber quien se es (pag.90)

Y este pasaje para mí fue especialmente luminoso:

Veo que aunque haya comenzado a escribir sobre el volver a casa, hasta aquí hablé poco de lugares y mucho de memoria e historia personal. Aunque si este desplazamiento fue un giro inconsciente, no fue por acaso: el hecho de volver, como sabe todo aquel que ha partido, es un intento de conocerse, la misma fuente que produjo la partida original. Uno cree que es el paisaje que se quiere volver a ver, pero en realidad te estás buscando a ti misma. Volviendo al lugar de origen, después de una larga ausencia, ves las cosas como eran, no como son – te encuentras de frente a fantasmas sorprendentes, invisibles a todos los demás, y algunos de estos fantasmas tienen tu cara (pag.94).

Leyendo esta parte pensé a un doloroso día , poco después de la muerte de mi hermana, en Milán, mi ciudad natal, en el cual, no recuerdo bien porqué motivo o circunstancia , caminé desde el centro de la ciudad hasta la casa de mi madre, pasando a pie por todos los lugares y las calles que habían dibujado mi infancia y adolescencia. Y recuerdo con lúcida memoria como ese paseo fue dolorosamente placentero, no porque disfrutase al rever aquellos lugares familiares, sino porque en esos lugares buscaba a una “yo” que existía cuando mi hermana aun estaba en vida.

Y siempre en relación a nuestro lugar de origen respecto al viajar:

Veo en qué me he transformado en estas visiones de aquello que he sido , momentos que hubiera olvidado si me hubiese quedado, borrados u oscurecidos por estratos de encuentro cotidiano. Cuando permaneces en un lugar la acumulación de experiencia vuelve difícil, incluso imposible, evaluar y volver a recorrer los momentos individuales. La arena del tiempo se solidifica y existe solo el ahora que acontece en la cima de la historia acumulada (y por lo tanto invisible) (pág. 95).

 

bookclub

Propuse la lectura y la discusión de este libro a mi bookclub en Jerusalén. Pensaba que ofrecía muchas puntas interesantes para las componentes del grupo, todas mujeres expatriadas y con una larga experiencia de cambios de país a sus espaldas. Pero la discusión no tomó el rumbo que había imaginado, salvo sobre algunos puntos, por ejemplo el hecho que Isabelle explica sobre como su marido quiso establecerse en Provenza porque había sentido enseguida (o sea desde la primera vez que había ido) un vinculo muy fuerte con el lugar, un sentido de pertenencia que podía describir como similar a aquel que hasta ese entonces había sentido únicamente por su Escocia nativa. Esta misma sensación, dice Isabelle que la probó cuando llegó por primera vez a Tasmania para un encuentro relacionado con su trabajo. Fue interesante – y continua a intrigarme – constatar que algunas de las mujeres del bookclub han vivido la misma experiencia en países con los cuales tal vez antes no habían tenido ninguna relación. Personalmente no creo – tal vez porque nunca me pasó – que sea posible sentirse en casa en un lugar a priori, sin haberlo conocido, sin haber compartido en él parte del propio camino, sin haberlo respirado en lo bueno y en lo malo por un razonable lapso de tiempo.

Sobre los otros puntos que había sugerido no encontré la participación que me esperaba, y llegué a la conclusión que la casa es algo extremadamente íntimo y privado, y que requiere algún momento de profunda reflexión. Reflexión a la cual, en cuanto a lo que a mi se refiere, el libro de Isabelle ha seguramente contribuido.

Claudiaexpat
Jerusalén
Febrero 2012

 

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