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Cuando pienso que ya pasaron cuatro años y medio, vuelvo a verme en un frio día de enero paseando con mi perro por el parque que estaba más arriba de mi casa en Jerusalén. Había llegado hacía un par de días, mi hijo iba a la escuela y mi marido al trabajo. Yo a la mañana agarraba a Mitch, subía la escalera que me llevaba arriba, al paseo Haas, desde donde se domina toda la ciudad vieja y la nueva, y paseaba con él, un poco tensa, como se está siempre cuando no se conocen bien las reglas del nuevo ambiente y no se sabe que puede pasar. Me veo cruzándome con un muchacho joven, también él con un perrito, preguntándole de dónde era – español. Me veo conversando y paseando con él mientras nuestros perros se hacen amigos. Con discreción me cuenta sus impresiones de fotógrafo que se reunió con su compañera en Jerusalén un año atrás. Él parece contento de haber encontrado a alguien recién llegado. Y me dice algo que se reveló la cosa más cierta entre aquellas que todos los que se sintieron autorizados me comunicaron cuando se enteraron que me mudaba a Jerusalén. O sea, que aquí el humor va de aquí para allá como en una hamaca: se pasa de fases de excitación y energía, en las cuales nos sentimos hechizados por esta fascinante ciudad y enamorados de Palestina, con la cual sentimos una empatía profunda y la convicción que nuestra lucha bastará para liberar esa tierra, a otras en las cuales la desesperación nos invade y la frustración nos muerde lentamente por dentro, consumiéndonos. A este sube y baja se mezcla una confusión de rostros, situaciones, eventos trágicos – muertes, arrestos, destrucción de casas-, eventos personales, encuentros. Al fin de mi estadía en Jerusalén puedo decir que estoy agotada. Satisfecha pero agotada. Y a esta sensación de inmenso cansancio se suma la certeza de que nunca lograré despegarme psicológicamente ni de Jerusalén, ni de Palestina, porque el trauma que recibí descubriendo lo que estaba realmente ocurriendo en esa zona fue tan fuerte y explosivo que me cambió para siempre.

Geru Bernard4Cuando durante los primeros meses de ambientación contaba que nunca me había sentido tan descolocada en un expatrio, la gente se asombraba y me preguntaba cómo era posible, que después de África, América Latina, la guerra en Sudan, Angola y Congo, la miseria, el impacto cultural extremo con culturas tan diferentes, me sintiese tan aturdida en un lugar como Jerusalén. Yo misma tardé meses en entenderlo. Porque lo que ocurre viviendo en Jerusalén es que las cosas van adentrándose en nosotros sin que nos demos cuenta, van calando en el alma gota a gota, se confunden por la cantidad y la intensidad de las imágenes que desfilan delante de nuestros ojos mientras intentamos darles un sentido a lo que vemos: culturas en contraposición, lenguas diferentes, uniformes variados, símbolos que no terminan más, reivindicaciones, tensión y violencia, tanta violencia explícita y no. No fue inmediato para mí admitir que, aun con su encanto, el enfrentarse con dos situaciones completamente diferentes según hacia donde uno gire al final de la calle, si a la derecha o a la izquierda, es psicológicamente difícil. Sobre todo porque te obliga a ser diferente de acuerdo a las personas que tienes enfrente. Durante todos estos años, cuando me encontraba en el Oeste y hablaba con israelitas o hebreos franceses, hebreos americanos u otros, siempre estaba muy atenta a no provocar discusiones demasiado profundas, para no desencadenar en mi interlocutor la inevitable necesidad de justificar la terrible ocupación que Israel impone a los palestinos y no tener que, como consecuencia, reaccionar con la vehemencia que me salía del corazón. La relación era por lo tanto distorsionada, no verdadera, pesada. Mientras que en el Este, cuando hablaba con los palestinos, era para mí motivo de orgullo manifestar enseguida solidaridad, hacerles entender que su causa nos llega al corazón y que estamos de su lado. En síntesis, un desgaste infinito. Que se sumaba a la ya difícil tarea de aceptar pasivamente la injusticia cotidiana que desfilaba ante nuestros ojos.

Ciao Geru4Por años no pude hablar de esa injusticia. Vivir en la única verdadera democracia del Medio Oriente significa prestar espasmódicamente atención a lo que se afirma públicamente por miedo a que el gobierno israelí pueda decidir declararte persona non grata y no hacerte más entrar. Difícilmente sucede a quien goza de la protección de grandes organizaciones humanitarias (aunque en Israel se aprende rápido a decir “nunca se sabe”), pero a los menos protegidos sucede – y este autocontrol, que se está obligado a ejercer sobre uno mismo, es otro pesadísimo aspecto de la vida en Jerusalén.

Por lo tanto por años he vivido con la boca cerrada y esto aumentó la natural frustración que sentí al no poder recibir en mi casa amigos que vivían en Belén o en Ramallah, al ver demolida la casa de mi vecino, al escuchar que habían arrestado al enésimo familiar de mis amigos, o que habían matado al enésimo joven culpable de lanzar una piedra, y así al infinito, una larga lista que el poder hacer ahora, que dejé la zona, no me alivia demasiado.

Lo que puedo afirmar con certeza , y creo que muchos extranjeros que viven en Palestina estarían de acuerdo, es que es imposible quedarse mucho tiempo, porque enfrentar la injusticia, y la complicidad del mundo frente a ella, durante un largo periodo resulta realmente inmanejable. Cuando se llega se tiene el shock fuerte. Luego uno se organiza para poder convivir, pero por dentro pensamos todavía que algo está a punto de cambiar, porque parece de verdad impensable que las cosas puedan seguir adelante de esa forma, o empeorar. Con el correr de los meses se asiste en cambio a su deterioro – Jerusalén cambió mucho desde que aterricé al inicio del 2010: tantas casas fueron demolidas, tantos negocios cerraron en la ciudad vieja, siempre más espacios ocupados, carteles en hebreo sustituyendo al árabe , siempre más hebreos ultra ortodoxos invadiendo las calles donde viven los palestinos, siempre más construcciones levantadas ilegalmente en la parte ocupada de la ciudad, carcomiendo así desde adentro una cultura que no consigue más sobrevivir. Y al final, cuando nos damos cuenta que pasaron los años y que nada cambió, que solo empeoró, uno se siente agotado y desesperado. Y tenemos ganas de irnos para poder finalmente hablar, para poder sacudir las opiniones, para poder ponernos en paz una Kefia, o colgarnos en el cuello un Handala, pero sobre todo para poder volver a encontrar el equilibrio en una normalidad que viviendo en Jerusalén se pierde. Y para repartir con nuevas ideas para ayudar a Palestina.

Ciao Geru2Muchos, visitantes de paso, o en Italia, me preguntaron si estábamos bien en Jerusalén, y siempre he respondido lo mismo: que no es posible estar bien en un país ocupado, donde la gente sufre, donde la violencia es el pan cotidiano, donde la ferocidad humana encuentra una expresión tan directa. Pero mentiría si dijese que no he amado la experiencia. Aprendí muchísimo, tanto de mi misma, como de la historia del lugar. Conocí personas increíbles. Por años llené mis ojos de cosas bellas, porque ciudades espectaculares como Jerusalén existen pocas. Viví bajo una perenne descarga de adrenalina, experimenté una solidaridad como nunca antes había sentido, con esta intensidad, con este empuje. Vi a mi hijo transformarse en un adolescente maduro y consciente, recibí a personas que venían a encontrarnos y que, un poco gracias a nosotros, partían con una visión diferente de aquella con la cual habían llegado. Estreché preciosísimas amistades. Vivir en un país ocupado crea entendimientos de piel que difícilmente se pueden compartir y proponer en otro lugar.

Lo que me llevo conmigo, sobre todas las cosas, es la inmensa lección que me dio el pueblo palestino. Un pueblo maravilloso, abierto, acogedor, inteligente. Que no obstante las duras condiciones en las cuales le toca vivir, y la injusticia a la que se ve sometido, mantiene su dignidad, su calidez y la cosa más asombrosa: su respeto hacia el otro. Un pueblo con el cual, durante casi cinco años, interactúe cotidianamente sin que nunca faltara una sonrisa, un gesto de afecto, una broma, una risa. Nadie merece vivir prisionero en su propia tierra, pero cuando el que sufre este destino infame es un pueblo que encarna la hospitalidad y el respeto por los demás, se vuelve todavía más duro aceptar. Y decir adiós.

Claudiaexpat

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