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Traducido desde el italiano por Mociexpat y Rupexpat

Este artículo recoje los testimonios de dos redactoras del equipo de Expatclic sobre sus experiencias con el ayuda doméstica en el mundo. Un cuento para apreciar el lado humano de este aspecto del expatriación.

Testimonio de Claudiaexpat
Testimonio de Silviaexpat

Crecí sin empleadas domésticas y sin ayuda de ningún otro tipo. En mi casa todo lo hacia mi madre, con mi ayuda o con la de mi hermana apenas fuimos capaces. La figura de la « empleada domestica » me era totalmente desconocida cuando llegué a África y contraté, como todos, una ayuda para la casa, recuerdo que los primeros tiempos tenía enormes dificultades en aceptar el hecho de que pagaba a una persona y de que ésta estaba por lo tanto «  a mi servicio ». Para decir la verdad, en Sudan en la gran casa en la que se hospedaban muchos colegas la cuestión estaba reglamentada a nivel colectivo, y a la chica eritrea que nos mantenía limpias las habitaciones y planchaba nuestra ropa no me la cruzaba casi nunca. En Angola creo que haber tenido una empleada por cuatro días: el tiempo necesario para que el jefe de la pequeña ciudad, nuestro colega y también mafioso, se diese cuenta que ella estaba trabajando para nosotros y amenazarla en el caso ella hubiese querido continuar. Fue en Bissau, donde probé por primera vez qué quería decir tener una tanda de personas a mi servicio. Convencida un poco por el hecho de llegar con mi primer bebé, otro poco por de las objetivas dificultades logísticas de aquella capital destruida, acepté una empleada para limpiar (porque la casa era grande y se llenaba siempre de polvo), una cocinera (porque era difícil encontrar todos los ingredientes necesarios para preparar una comida balanceada) y un guardián (porque Bissau era extremadamente peligrosa y no podíamos dormir tranquilos de noche si alguien no vigilaba la casa). En realidad la única que se reveló verdaderamente útil y profesional fue Hilena, la cocinera, que siguiendo las rígidas enseñanzas portuguesas nos daba, cada día, la misma sopa (que yo adoraba y mi marido odiaba), pero que sobre todo se hacía cargo de la ímproba tarea de hacer las compras todos los santos días (no podíamos conservar nada porque nunca había electricidad).

Segunda con Alessandro

Segunda con Alessandro

La empleada Segunda (la habían llamado así porque nació después de su hermana gemela, que se llamaba Dominga- que quiere decir domingo en portugués, mientras que Segunda Feira quiere decir lunes), era una simpática holgazana que apenas podía se tiraba por allí a tomar fresco. Ioia, el guardián, era un personaje difícil de describir – antiguo combatiente, tenía en su armario su viejo fusil, dormía toda la noche y si lo retábamos porque a los ladrones los teníamos que hacer escapa nosotros ( juro que pasó!), iba a dar vueltas por el barrio diciendo que estos blancos eran un poco locos y tenían visiones. Sin embargo debo decir en su defensa que me introdujo en algunas usanzas culturales, para mi de verdad inéditas ( y también inaceptables!) : a un cierto punto trajo a casa ( la nuestra) a su mujer que había recién dado a luz a dos gemelos, un varón y una mujer. El varón gritaba a pleno pulmón, la nena siempre estaba callada.

Hilena en nuestra cocina

Hilena en nuestra cocina

Desconfiada ante esta dinámica, comencé a visitar a la madre con frecuencia en su cuarto en la parte de atrás del patio, y descubrí que ante la falta de leche en cantidad suficiente, estaba dejando morir a la nena, dado que la costumbre era desembarazarse de ese fardo inútil en el caso nacieran gemelos. No sé si hice bien, pero de todos modos salvé a la pequeñita de una muerte segura, imponiéndole la mamadera y llevándola al pediatra de mi hijo para asegurarme que retomase los ritmos normales de crecimiento. Con Hilena, la cocinera, la relación era muy bella: estaba siempre alegre, era inteligente y despierta, afectuosísima, y muy buena en las hornallas. Hacia el fin de nuestra estadía en Bissau se dió que saliésemos juntas de noche en varias ocasiones- conciertos, teatro. Tardaba un tiempo infinito en prepararse, pero era una compañía verdaderamente agradable. Cuando nos despedimos porque volvíamos a Italia me dijo “por favor, no deje que Alessandro se olvide de mi “. Cosa bastante difícil ya que el niño tenía solo dos años y medio en esa época, pero igual intenté hacerle honor hablándole siempre de cuanto Hilena lo quería y haciéndole ver seguido su fotografía. Cuando pienso a los tiempos cada vez mas lejanos de Bissau, reveo nuestra casa en un barrio vivaz, con toda esta gente simpática que iba y venia, Ioia que jugaba a las damas debajo del árbol frente a casa, Hilena que volvía del mercado con un pollo (vivo) en la bolsa, Segunda con su sonrisa infinita que se sentaba en el banquito en el retro de la casa.

La misma atmosfera la rencontré, aunque en cierto modo diferente, porque el África puede ser muy diferente de un lugar a otro, en Brazzaville, donde tenía todavía más empleados- mucama, cocinero, jardinero y guardián- mandados por la organización de mi marido. También aquí tenía mi bella excusa: vivíamos en una casa grande y con un gran jardín, totalmente aislada del resto de la ciudad, y tenía un hijo de tres años y medio, y más adelante un segundo por llegar. Pero el verdadero motivo para hacerme aceptar el estar circundada de todas estas personas en casa fue siempre el hecho que apenas uno se instalaba venia la gente literalmente a rogarte que les des un trabajo. Y por qué no en realidad? Al comienzo habíamos tenido una chica un poco extraña, que un día encontré con las manos en mi billetera (y fue la única ocasión en toda mi vida en que una persona que trabajaba en mi casa intentó robar algo), y un cocinero que no sabia cocinar. Después de algún tiempo una querida amiga francesa dejaba el Congo y su fantástico cocinero de casi ochenta años, Raoul, con un agujero de un par de meses antes de comenzar a trabajar con la familia que llegaría para remplazar a mi amiga. Yo conocía sus dotes porque había ido muchas veces a comer a casa de ella y le ofrecí venir a trabajar con nosotros por aquellos pocos meses. Raoul era un hombre de una dulzura y reserva exquisitas. Había comenzado desde pequeño a trabajar como cocinero, en los tiempos en que Brazzaville era la capital de la Francia Libre de Charles de Gaulle, y en la ciudad transitaban importantes generales franceses (Raoul había cocinado durante mucho tiempo para el General Leclerc), y su talento se había ido afinando con los años. Nunca olvidaré su isla flotante (postre francés hecho con crema pastelera y clara de huevo), su soufflé de queso, su ragú, ni tampoco sus fresquísimas ensaladas que preparaba con infinita devoción. Cuando la nueva familia que debía asumirlo llegó, nosotros le lanzamos la propuesta de quedarse. Sabíamos que el sueldo que nosotros le ofrecíamos era mucho menor respecto al que habría ganado con los otros, pero igualmente probamos. Él lo pensó por un par de días, y después llego diciéndome simplemente “me quedo”.

Stéphanie y Mattia

Stéphanie y Mattia

Raoul tenía una sobrina, Stéphanie, que buscaba desesperadamente trabajo. Vivía en condiciones de pobreza extrema junto a su hija mujer (el varón se lo había llevado su marido cuando la había abandonado), y nunca había trabajado como empleada domestica pero tenia unas ganas desesperadas de aprender. No sabría decir cuanto la quise. Stéphanie era una chica marcada por la pobreza y la dureza que habían signado su vida hasta aquel momento, y lo tenía escrito en los ojos, y la vi cambiar poco a poco, a medida que iba trabajando con nosotros y se entregaba a la atmosfera respetuosa y afectuosa con la cual la rodeábamos. Aprendió rápidamente las cosas que no sabía (por ejemplo, no tenia idea de cómo limpiar un inodoro) y cuando tenía un poco de tiempo se ponía al lado de su tío Raoul para mirar como cocinaba. Estuvo cerca mio durante el embarazo de Mattia, y esperó con ansias nuestro retorno para conocer al nuevo miembro de la familia. Recuerdo esos primeros meses de vida de Mattia, marcados por el espectro de la muerte de mi hermana, con un infinito reconocimiento para Raoul y Stephanie, que me ayudaron y mimaron de una forma sólida pero discreta, él preparándome cosas deliciosas para sostenerme durante la lactancia, ella ocupándose de Mattia cuando yo quería estar con Alessandro o cuando quería descansar.

La guerra llegó de un día para otro a revolucionar nuestras vidas. Tuvimos que abandonar precipitadamente el país dejando atrás amistades, escuela, casa, toda una vida, pero sobre todo a Raoul y a Stephanie. Los volví a ver en fotos cuando terminó el conflicto. Un colega nuestro logró ubicarlos para darles las pocas cosas nuestras que había podido salvar del saqueo. Stephanie estaba ya con un embarazo avanzado. El único contacto que tuve con ellos fue una carta que Stephanie me escribió a la dirección de Milán, que oportunamente le había dejado. Me contaba que había tenido un hijo varón, que no había trabajo, que estaba desesperada, y me pedía ayuda para poder iniciar un pequeño negocio de zapatos. Probé y reprobé desesperadamente a llamarla al numero de teléfono que me había dado, pero no respondía nunca nadie, y le envié infinitas cartas a la casilla postal que me había indicado, sin tener nunca respuesta. Moví cielos y tierra, todos los contactos que tenía en Brazzaville, pero no hubo modo de encontrarla.

Raoul (en camisa blanca) y Stéphanie recojendo nuestras cosas

Raoul (en camisa blanca) y Stéphanie recojendo nuestras cosas

En el 99 se abrió nuestro capitulo América Latina. Vivimos cuatro años en Tegucigalpa, Honduras, durante los cuales nunca cambiamos empleada domestica. Teresa en un cierto sentido venia con la casa porque su marido, Freddy, ya trabajaba allí como guardián, y por lo tanto me la presentó. Me gustó inmediatamente porque apenas después de estrecharme la mano puso en claro sus condiciones sin la mas mínima duda: no iba a trabajar más de siete horas al día, sábados y domingos libres, y un salario mínimo, más las horas de baby sitter pagadas a parte. Cuando le dije divertida que no había absolutamente ningún problema me miró un poco asombrada y al día siguiente comenzó. Teresa era tímida y discreta, preparaba fantásticas papas fritas (que Mattia recuerda aún) y era incansable. Por su naturaleza más bien reservada no se lanzó nunca demasiado a las confidencias, pero su presencia en nuestra casa rápidamente se volvió indispensable. No sé que habría hecho sin Teresa cuando me enfermé de Dengue hemorrágico y tuve que quedarme una semana internada en el hospital. O cuando partíamos hacia nuestros viajes en América Central y dejábamos a nuestro perro Mitch. O cuando un chico se enfermaba y yo tenía que correr de arriba para abajo a llevar al otro a la escuela. Teresa siempre estuvo disponible, silenciosamente presente, fiel. Todavía estamos en contacto. Tal vez nos escribimos cada dos años, pero nos contamos lo que nos va pasando. Ella continuó a trabajar en el Hatillo , el espléndido barrio en la selva pluvial donde vivíamos, y sus hijos son ya grandes.

Yo con mis hijos, Teresa (en pantolones verdes) con los suyos

Yo con mis hijos, Teresa (en pantolones verdes) con los suyos

En Perú estaba la mítica Rosa, pero no llegó enseguida. La primera, Graciela, trabajó con nosotros un año, antes de casarse y transferirse a la zona minera. Luego hubo un intento con Isabel, que encontró muy duro viajar tanto todos los días, y después de algún mes renunció.

Con Rosa fue un amor a primer… oído! Yo había hecho correr la voz entre mis amigas y ella me llamó para decirme que le gustaría que nos conociésemos para decidir si cambiar o no de lugar de trabajo. Ya su voz limpia y alegre, y su modo de hablar vivaz y preciso me habían conquistado. Cuando nos vino a encontrar a casa y la conocí personalmente, estuve lista para pagar su peso en oro. Y la intuición se reveló exacta porque Rosa durante todos los años pasados en Perú se reveló mucho, pero mucho más que una simple domestica. Con una historia trágica (también ella) a sus espaldas, había llegado a Lima de su Cuzco nativo y había salido adelante completamente sola, yendo a golpear, literalmente, las puertas de las instituciones extranjeras. Había trabajado para muchas familias y acumulado muchísima experiencia con estos extranjeros medio locos, cada uno con sus exigencias particulares. Limpiaba muy bien, planchaba todavía mejor y cocinaba divinamente. Fue gracias a Rosa que pude montar Expatclic y darle el impulso justo en los primeros tiempos, y todavía gracias a ella fue que pude retomar los estudios. Rosa en nuestra casa se ocupaba de todo. No me dejaba de verdad hacer nada, limpiaba, lavaba, planchaba, hacía las compras, cocinaba y muchas veces incluso sacaba a pasear al perro.

La ultima foto antes que salir del Perú

La ultima foto antes que salir del Perú

Durante los cuatro años que trabajó para nosotros fue una presencia fiel y devota. Dormía en nuestra casa (fue la primera vez en mi vida que acepté tener a alguien durmiendo en casa) y cuando llegaba el sábado y podía volver a su pueblito siempre se demoraba, pienso porque tal vez estuviese mejor con nosotros que en su casa. Se afeccionó terriblemente a todos nosotros, en particular a Mattia, que la adoraba, y a nuestro perro, con el que pasaba los meses de verano mientras nosotros volvíamos a Italia para las vacaciones. Cuando nos fuimos pasó muy feos momentos. No lograba encontrar una familia con la cual sentirse en sintonía, y se redujo a hacer trabajos pesadísimos y mal pagados en una fábrica. Por un cierto periodo no tuve más noticias de ella (al inicio nos llamábamos por teléfono y nos escribíamos larguísimos mails) y un día, casi un año atrás, me envió un mail diciéndome que tenia una gran sorpresa para comunicarme. Hacía un año más o menos que se había instalado en Buenos Aires con su hija, Diana, de dieciocho años, trabajaba con una familia que la adoraba, que había acogido también a su hija , la habían ayudado a inscribirse en la facultad, y que lograba inuso mandarle algún dinero a su marido, que había quedado en Perú. Creo que césta ha sido una de las noticias que más me ha tranquilizado y puesto contenta en los últimos tiempos.

Pensaba que el trato al cual Rosa me había acostumbrado me iba a dificultar el volver a ocuparme a tiempo pleno de los trabajos domésticos y de la cocina, y en cambio no fue así. En Jerusalén encontrar ayuda domestica es muy difícil y sobre todo caro, las tarifas son aquellas europeas, y todas mis amigas han tenido un indescriptible desfile de filipinas, srilankesas, palestinas, rusas, etc., que después de un poco desaparecen . Yo me ocupo de todo, sin enloquecer y cerrando los ojos cuando me da vuelta alrededor un poco de polvo. Lo que sí me falta un poco es una presencia del lugar con la cual entrar en confianza, como sucede en general (si se quiere) con las personas que se ocupan así íntimamente de nuestros espacios. Si pienso a Hilena, Stephanie, Raoul, Teresa y Rosa, lo que viene a mi mente no es el trabajo que hacían para mi (que igualmente siempre aprecié muchísimo) sino la relación de confianza y alegría que se había instaurado y que les permitía a ellos aprender, reflexionar, confrontarse con modos de vida diferentes y con una familia extranjera, y a mi de acercarme a sus historias, compartir sus dificultades, ayudarlos en los problemas cotidianos. Nunca las he considerado verdaderamente “personas de servicio”. Existía, como es justo, una relación laboral, con prestaciones a realizar que venían retribuidas, pero la historia que me ha unido a ellos estuvo caracterizada por tonos bien diferentes. Cada una a su modo y con su historia, me permitieron acercarme a situaciones que no habría conocido tan íntimamente de otro modo, y que han hecho muchas veces de nexo entre la cultura del lugar y yo , permitiéndome entrar en sus casas, contándome sus vidas y compartiendo las alegrías y dolores del momento. Es verdad, en algunos países nosotros expatriados vivimos a niveles escandalosamente superiores respecto al que se puede permitir nuestro “personal de servicio”. Estoy agradecida a todas las mujeres que han pasado por mis casas porque me han ayudado a comprender como superar este gap y a lograr construir un vínculo humano que dure para siempre.

Claudiaexpat
Maio 2012

Si pienso en las etapas intercontinentales de mi expatrio, no puedo dejar de verlo en imágenes, aquellas de las personas que con su afecto, simpatía y, sobre todo, con su ayuda, han hecho nuestras tantas y diversas lejanías de casa, más fáciles y ricas.

En Armenia (2000-2001) Nuestra primera misión en familia, con un bebe de 8 meses, fue en Ereván, la capital de Armenia, país conocido por pocos y con una historia trágica a la espalda, aquella del genocidio armenio a manos de los turcos otomanos. Imagínense entonces con qué espíritu me acercaba yo a la ciudad… en Febrero del 2000, un invierno helado, la ciudad ex capital soviética del vino y de las artes reducida a un montón de trapos sucios, casas abandonadas, electricidad al mínimo, todo gris. Hasta que un día viene a nuestra casa una especia de hada madrina, una Mary Poppins cincuentona, porque así veía yo a Aelita, la nana ingeniera mecánica industrial que le enseñó a Emily a hablar, a jugar, a caminar, a cantar y a mí el ruso y sobre todo la alegría y la inteligencia para interactuar con una niña así chiquita (¡¡y dinámica!!).

Aelita estuvo con nosotros toda nuestra permanencia en Armenia, en verdad era una especie de mamá para mí, siempre calmada y serena, llena de historias post-soviéticos, ¡¡un regalo caído del cielo!!

Falleció de un momento a otro un par de meses después de nuestra llegada a Berlín. Un tumor óseo fulminante, seguro causa de quien sabe qué tóxico proveniente de alguna industria soviética. Lloré tanto… madre mía, cómo lloré…

Aiuto domestico Silvia Armenia Aiuto domestico Silvia Armenia2

En Pakistán en cambio nuestra vida estuvo marcada por dos nannies, Teresa, de Sri Lanka, que luego de pocos meses se llevó dos computadoras, una máquina fotográfica Nikon y alguno cientos de dólares (¡¡¡¡grrrrrr!!!!) y una señora fantástica de nombre Zined, una de esas personas que, como Aelita en Ereván, fue una parte fundamental de nuestra historia familiar…

Fue sobre todo una amiga, una hermana, con quien conversé, peleé, discutí, reí, lloré y bromeé en Urdu cuando no en Pushti; una mujer de 35 años con todas las dificultades sociales y económicas que podemos imaginarnos en un país extraordinario pero de igual manera dramáticamente misógino como sólo Pakistán puede ser. Oh Zined, bohut shukrya tume baji!!!!

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En Macedonia (2006-2009) nuestra vida cambió. Sera que Emily había crecido, será que no habían baby sitters “fijas”, de alguna manera la presencia de una nana se fue perdiendo, diluida entre fiestas más o menos adultas, con los niños cada vez más presentes (¡y bulliciosos!) alrededor de nosotros.

A las nanas, han seguido mujeres y hombres que con su presencia a veces afectuosa y solidaria, otras veces desordenada y entrometida, han tenido de igual manera un pequeño e importante rol en nuestras vidas, desde Skopje hasta Dar es Salaam pasando per Khartoum.

Ahora que estoy en Berlín, encuentro en las cosas que hago en casa, en el modo el que sigo a Emily, e incluso en el modo en el que enciendo el carro, las tantas voces lejanas que me han enseñado tanto, en tantas lenguas, en tantas maneras distintas, como protegerme de la nieve, del haboub, de las lluvias torrenciales, de la mirada de los mullah, o de los hombres curiosos…

Grazie, spasiba, shukrya, asante!!!!!!

Silviaexpat, Maio 2012

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