Home > Familia y Expatrio > Parejas > De como ser una pareja mixta y no morir en el intento
pareja mixta

Por nuestro tema del mes, La Pareja Mixta, Mociexpat nos cuenta sue experiencia de matrimonio con un hombre italiano.

 

“Tú te tenías que casar con un extranjero” me decían algunas amigas. Me lo decían porque ni bien tenía un día libre, agarraba mis maletas y me iba de viaje; porque siempre me gustó la aventura y lo distinto (y claro, porque ya antes había tenido algún romance extranjero).

Me presento: soy peruana, abogada retirada y coach de vida en ejercicio. En el 2006, luego de volver a Lima de hacer mi maestría en Madrid, en un viaje de fin de semana a Panamá (¡!), conocí a Alberto, mi esposo. Alberto es italiano, del norte, historiador de profesión y trabajador humanitario. En ese momento, él vivía en Panamá. Obviamente el romance fue de esos de película, la historia de amor con la que uno sueña de chica. Primero fueron mails, luego Skype, luego llamadas hasta que un día, 6 meses después de habernos conocido, aterrizó en Lima para pasar año nuevo juntos y anunciarme que él se quería casar conmigo (otro dato curioso: lo primero que hizo cuando llegó a Lima fue presentarme a Claudia Landini y su familia). Aviones van, aviones vienen, 15 meses después nos casamos en Lima y luego de otros 4 meses yo estaba ya mudada en Panamá. De Panamá, han seguido Budapest, Monza (solo por algunos meses) y ahora, casi de casualidad y temporalmente, Lima.

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Con mi hermano en Mexico

Las partes positivas de una pareja intercultural son bastantes, sobre todo en términos de descubrimiento, de aprendizaje, de crecimiento y de adaptación y adopción de culturas distintas. Es lindo descubrir y, de alguna manera, integrarse a una cultura distinta, conocer desde adentro otros mundos que uno a veces ve desde lejos, observar las cosas desde puntos de vista que quizás jamás hubieras pensado. Ver que (casi) todo se puede hacer de una manera diferente a la que conoces. Un poco como nos pasa con el expatrio cada vez que nos mudamos de país, pero en tu propia casa.

Las partes complicadas son las que uno ni se imagina al momento de embarcarse en este tipo de romances.

En mi caso, haber dejado mi país, mi carrera y mi familia por seguir a Alberto es algo que nunca he sentido como un peso, de hecho, es quizás lo que menos me ha pesado. Si entiendo que para muchas personas esta renuncia a su “identidad” sea complicada, pero, para mí, fue un regalo, el regalo de reinventarme y conocer a mi verdadero yo.

El idioma tampoco ha sido un gran problema en sí. Alberto hablaba español cuando nos conocimos y yo aprendí italiano cuando decidimos estar juntos. Un año después de su primera llegada a Lima, yo ya hablaba suficiente italiano como para sobrevivir. Mis hijas, por su lado, son bilingües, la mayor (6 años) más que la menor (4 años).

Respecto a nacionalidades y visas, mis hijas, que nacieron en Budapest, son tanto italianas como peruanas, incluso pudieron, gracias a un reciente cambio legal en Italia, llevar ambos apellidos como se hace en Perú. Yo, por mi lado, adquirí la nacionalidad italiana hace unos años sin necesidad de renunciar a la mía.

Ahora, aunque estos temas hayan sido sencillos para mi, no suelen serlo. Cada relación y cada situación particular es un mundo, cada combinación de nacionalidades trae retos particulares. La interculturalidad no es fácil. Por momentos se siente como un peso.

Hay temas “menores” como las vacaciones (“menores” porque, al final, no son una cosa de vida o muerte, aunque en el proceso de negociarlas dan ganas de matar a alguien). Estar en una pareja mixta implica gastarse casi todo el tiempo de vacaciones yendo a visitar a la familia de cada uno y todos sabemos que, muchas veces, visitar a las familias no es muy relajante que digamos. Por otro lado, te limita muchísimo la posibilidad de conocer otros lugares…. ¡Y hay tantos lugares por conocer!

Hasta ahora me cuesta distinguir cuando se trata de una conversación apasionada y cuando ya empieza a ser casi (lo que yo considero) una falta de respeto.

En nuestro caso, la situación no ha sido tan grave (al menos no debido al hecho de ser una pareja mixta). Siempre hemos podido organizar las cosas de forma que nos quede tiempo para tener planes de nuestra propia familia. El problema, porque si ha habido problemas, ha sido más por diferencias de caracteres que no se si sean (creo que no) producto de nuestra multiculturalidad: a mi me encanta viajar y explorar y a mi esposo le da mucha flojera.

Otro tema que ha sido un peso y lo sigue siendo a pesar de los años que llevamos juntos ha sido la comunicación. Más allá de nuestros distintos orígenes familiares y estilos personales, el tema del volumen de la voz y la forma de decir las cosas es siempre un tema de conflicto. Hasta el día de hoy yo no me acostumbro a que cualquier discusión pueda involucionar y terminar en voces con decibeles altos. Hasta ahora me cuesta distinguir cuando se trata de una conversación apasionada y cuando ya empieza a ser casi (lo que yo considero) una falta de respeto.

El obligar o no a un niño a comer y la utilidad de las amenaza, castigos y premios también han sido fuentes de choques.

Pero más allá de todo lo dicho hasta ahora, para mí, los retos más grandes han aparecido con el nacimiento de nuestras hijas. Yo se que en los matrimonios de una sola cultura el nacimiento de los hijos también es un momento de muchos ajustes, pero sí creo que en el caso de parejas mixtas el reto es mayor. Si al hecho de venir de familias muy distintas, de crianzas diferentes y de historias de vida nada parecidas; le sumamos que yo soy latina y el del norte de Italia, pues tenemos una larga lista de desafíos.

La crianza de nuestras hijas ha puesto, más que nunca, de manifiesto todas nuestras diferencias. Desde el tema superfluo de si ponerle aretes o no a las niñas cuando nacieron, hasta si todo lo que hacen es un “capriccio” (me van a perdonar, pero es una de las palabras del italiano que menos me gusta), pasando por nuestras ideas de lo que se debe entender por límites y estructuras. También el concepto de acompañamiento del niño versus el de imponer las reglas, o la discusión sobre la verticalidad u horizontalidad de la relación padres e hijos y la forma como se gana el respeto o se generan los vínculos, incluyendo también la contención o cariño que se le debe dar a un niño durante momentos de crisis. El obligar o no a un niño a comer y la utilidad de las amenaza, castigos y premios también han sido fuentes de choques. MUCHAS de las decisiones de crianza han sido tema de discusión y conflicto y esto nos ha dejado poco tiempo para cuidar nuestra pareja (estamos trabajando en eso).

pareja mixtaMuchos de nuestros conflictos (no solo los relacionados con la crianza) han requerido de “consultores culturales”: más de una vez he llamado a amigas mías italianas para preguntarles si tal o cual cosa que ha dicho o hecho Alberto es porque es italiano o es porque él es así. Muchas veces he tenido que pedir que me expliquen y me ayuden a entender, tantísimas veces me ha costado captar la racionalidad de algunas ideas. Seguro mucho han tenido que ver nuestros orígenes familiares, pero mucho otro ha sido causado por nuestra multiculturalidad.

Hoy en día la cosa está más encaminada, no ha sido fácil, y nos queda mucho camino por recorrer (¡no me quiero imaginar la adolescencia!). Al menos, siento que hoy por hoy hay mucha más consciencia sobre por dónde van los mayores retos y cómo ir enfocándolos para que sean superados con los menores daños colaterales posibles. Pedir ayuda externa para mí ha sido fundamental (él nunca quiso, otro tema que también tiene que ver con cultura según me han dicho) y bueno, lo de siempre, MUCHA paciencia y ganas de aprender del “otro”, del “distinto”, de lo nuevo. Prometo ponerlas al día en unos años más.

 

Moci Ferradas Reyes (Mociexpat)
Lima, Perú
Octubre 2019
Fotos ©Mociexpat

 

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