Home > Asia > Israel/Territorios Ocupados > El día que me convertí en expatriada

Bendito sea el día en que Sandraexpat decidió pedirle a su amiga periodista española de contarnos su historia. Agradecemos de todo corazon a Miriam por este emocionante relato.

 

¡Muy buenas! Me llamo Miriam, y soy una gallega-española que durante los diez años previos a mi experiencia como expatriada, residía en Madrid. Llevo poco más de un año viviendo en Jerusalén. Mi historia es la que sigue…

 

Volvía yo a Madrid en agosto de 2014 de un road trip por California cuando conozco al que es hoy mi marido y padre de mi hijo en circunstancias insólitas y pintorescas que no viene a cuento compartir. Digamos sólo que de esta historia han pasado casi cinco años, del hijo en común año y siete meses y de la mudanza a Tierra Santa poco más de un año.

El caso es que una tiene una vida plena en su país, -un trabajo dirigiendo programas de tv, una casa montada, una familia cerca y todo tipo de comodidades-, y de repente, se ve siguiendo la trayectoria profesional de una persona a la que quiere, pero con el sacrificio de dejar toda su trayectoria en stand by y abrirse a lo que venga, si algo ha de venir.

Habida cuenta de la ansiedad que esto supone, debo decir que darle un poco de riesgo a la existencia y vivir muchas vidas dentro de una -llevaba 10 años en Madrid con una vida relativamente rutinaria-, considero tiene mucho de envidiable, y poder ver el mundo con mis propios ojos, y no desde la distancia o los prejuicios es una suerte, y un regalo.

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Foto ©ClaudiaLandini

Así que, con ese pasado reciente a mis espaldas, abrazo la aventura de una nueva vida aquí en Jerusalén como expatriada, donde llevo un año, produciendo poco, viviendo mucho, y sin parar de hacer.

Mi nueva vida abarca no sólo el desplazamiento a otro país y al ser expatriada, ahora soy MADRE, algo que pongo entre mayúsculas porque creo es un trabajo, remunerado o no. Para algunas puede ser la tarea más bonita del mundo, para otras no tanto, y las hay como yo, que arrastran la carga constelar de haber crecido en una familia con unos padres abnegados y volcados absolutamente en la crianza –todavía mi padre de 85 años dice “miña vida non é miña filla, é vosa”-, decía, las hay que llevamos esa carga constelar que nos impide ser más sujeto que progenitor. Y eso, visto desde la perspectiva de “mi otro yo”, la Miriam postmoderna, libre, individualista, y que considera que la ambición es menester, me crea no pocos problemas existenciales.

…dentro de los límites que me imponen mis circunstancias, he aprendido a encontrar lo extraordinario dentro de lo ordinario

Con esto quiero decir que vivo como expatriada en una continua contradicción entre lo que quiero hacer y no puedo, lo que puedo hacer y no hago, pero entre medias cambio pañales, canto canciones, me paseo los parques mugrientos de Jerusalén Este, indago sobre los efectos del viento del desierto en el sistema respiratorio de neonatos, pongo zapatos, quito zapatos, me tiro de los pelos intentando cocinar una quiche, me invento juegos ridículos que practico a escondidas, leo libros sobre puericultura que dejo a medias en cuanto leo la palabra rutina, pongo al pecho, quito del pecho, me escondo en el baño para poder actualizar el Instagram, y en definitiva me enfado por pensar que pasan las horas y que no he hecho nada y que tengo que reinventarme, pero cuando llegan las 8pm y el niño duerme, siento que no tengo fuerzas para nada.

Desde hace unos meses mi hijo va a la guardería y llora cuando lo dejo. Y yo lloro con él en silencio y mis lágrimas no las ve nadie, pero me caen muy adentro. Luego se me pasa y me entra la culpa, pero la vida sigue y pienso que ésta también es mi aventura.

Foto ©ClaudiaLandini

Así que sin él a mi cargo consigo “hacer cosas” mientras me remuerde la conciencia y cuento los minutos para volver a verlo. Entonces es cuando voy a clases de árabe –llevo un año, desde que llegué- y me esfuerzo por aprender este idioma endemoniado a base de darle la lata a carniceros, verduleros, pescaderos, y toda clase de comerciantes… pero también a conductores de autobús, camareros, niñeras, médicos, enfermeras, policías de la Autoridad Nacional Palestina, mecánicos, beduinos, guardas de seguridad, cocineros, y hasta a los gatos jerosolimitanos si veo que son lo suficientemente pulgosos como para ser de los pobres desnutridos del este, que han de estar más acostumbrados al afwuan* -perdón en árabe- que al slijá* -disculpe en hebreo-. A veces me pasa que me tiro media hora hablando “en árabe levantino” con un vendedor ambulante sobre huevos frescos de pueblo y cuando vuelvo a casa con quince en el bolso me encuentro con que están cocidos. Pero qué bello es vivir y cuántas cosas del cotidiano podré contar a mis nietos.

Tengo unas compañeras musulmanas de Pilates en el YMCA del este que son maravillosas. Me encanta vivir el antes y el después de la clase con ellas. Cómo mutan cuando se quitan sus indumentarias. Son divertidas a rabiar y eso que sólo entiendo la mitad de lo que dicen. A costa de pasarme una hora con ellas todos los martes ya soy una habibti más, y vivo esta inmersión idiomática como si fuese –lo es- algo fascinante porque toda esta revelación de prendas sacia mi enorme curiosidad por la vida y mi hambre de mundo, y, sobre todo, porque dentro de los límites que me imponen mis circunstancias, he aprendido a encontrar lo extraordinario dentro de lo ordinario.

Gente increíble que no tendría la oportunidad de conocer en mi zona de confort en España, y que sin duda me permiten seguir creciendo personalmente, y desarrollar un espíritu crítico que va más allá de los estereotipos.

Jerusalén es una ciudad además que se presta al descubrimiento porque al ser el corazón de Tierra Santa, alberga a personas de lo más dispares, y es a través de ellas que yo dibujo el cuadro de mi vida en la diáspora. Gente increíble, como el señor que me atiende en el supermercado que además es actor de la serie Fawda y entre el precio del yogur y del papel higiénico siempre cruzamos algunas palabras sobre la comedia del arte -y en árabe, ojo-. Mi amiga Taraneh, suiza-iraní, oscura y asocial, locamente atraída por Jerusalén, que ella describe como cruda y real. Mi compañera de árabe, una belga de 26 años convertida al islam porque en esta religión ha encontrado las respuestas que buscaba. Una pareja menonita encantadora a la que someto a arduos interrogatorios al punto que deben considerarme una P E S A D A de narices, y muchas otras personas con mi misma cultura religiosa que me acogen como familia, y me quieren y me aceptan como mi madre me acepta aun diciendo palabrotas.

Gente increíble que no tendría la oportunidad de conocer en mi zona de confort en España, y que sin duda me permiten seguir creciendo personalmente, y desarrollar un espíritu crítico que va más allá de los estereotipos.

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Foto ©ClaudiaLandini

Aparte del árabe, en este corto tiempo, he tenido la oportunidad de coger mi coche de quinta mano y explorar algunos rincones del West Bank. Allí me reúno con distintas personas que desarrollan productos o servicios vinculados al estilo de vida, algo que me interesa enormemente pues en mi vida antes de ser expatriada era directora de programas de tv lifestyle. No sé si esto me llevará a alguna parte o no, pero me da una excusa para explorar a solas por mi cuenta los rincones de este país. A veces decido ejercer de intrépida periodista y me cruzo un check point andando, para ver qué se cuece, y para llevarme alguna que otra bofetada de realidad bien merecida. Sucede que esto de ser consorte expatriada se puede volver una historia de cenas en casas ajenas en la que uno se olvida del mundo que hay del otro lado de la puerta. No basta con que en el edificio haya polvo para saber que estás en un país que funciona raro.

Siguiendo esta dinámica del actuar arbitrariamente, me dio por partirme los cuernos creando los contenidos y estructuras de unos programas de tv sobre Palestina. Al final tuve que edulcorarlos en plan Oriental y tal. O sea, algo así como… “una bellísima mujer árabe con pestañas postizas se pasea en camello por los montes de Judea luciendo un hiyab del que penden monedas doradas que tintinean con el mecer del siroco…”. Me quedé con las ganas de decir que por los montes de Judea sólo ves a beduinos en burros y jóvenes colonos, pero al final no hizo falta porque el proyecto se quedó en nada. Me dolió, pero aprendí del fracaso y quizá algún día pueda reciclar esta idea de acuerdo con la realidad del comercio en Palestina, con un poco menos de chic, y un poco más de shock.

Otro de mis trabajos a tiempo partido entre pañal y pañal es como redactora en revistas de tipo lifestyle españolas. Colaboro de vez en cuando con Vanity Fair, Sobremesa, Mujer Hoy, AD y otras publicaciones que van saliendo… últimamente estoy en racha y ando bastante ocupada escribiendo artículos sobre temas de aquí y de allá, así que he de admitir que, aunque no me haga rica, no me sobra el tiempo en mi vida de expatriada.

Foto @LauraCampaniniPor lo demás he hecho alguna actividad pintoresca, como meterme a un curso de Biodanza de la mano de una amiga italiana expatriada. Lo viví como algo bastante terapéutico, el tema iba de abrir la caja de pandora de los afectos utilizando música acorde con el trabajo emocional a desarrollar. Fue curioso hacerlo con una argentina, una palestina, una serbia, una italiana, una chilena y una nepalí. Si nos llegan a espiar por una mirilla pensarían que somos miembros de una secta multicultural que se dedica a jugar al corro de la patata. Lo pasamos bomba y llevaremos el misterio de nuestros encuentros a la tumba.

Por último, queda el apartado de turismo familiar que forma parte de la vida de toda expatriada. Como la mayoría de los que estamos por aquí, mi pequeña familia y yo intentamos poner la X a todas las visitas obligadas. Jordania, Mar Rojo, Haifa, Acre, Galilea, Nablus, Belén, Jericó, Hebrón, Masada, Tel Aviv los domingos… que no se diga que hemos perdido oportunidad de verlo todo. Mi marido a veces solicita un fin de semana tranquilo en Jerusalén y entonces es cuando cocinamos y se nos queman las cacerolas. Y como vinimos con lo puesto no tenemos muchas, así que el incidente se convierte en la anécdota del día. Y también ahí encontramos las aventuras de lo cotidiano entre el humo y la ilusión por encontrar una olla nueva en la calle Salah e-Din.

…aprender a disfrutar las pequeñas cosas del día a día como si fuera la aventura más excitante de tu vida

Así que, si he de describir mi experiencia como expatriada, la conclusión a la que llego después de este año como madre, exploradora, profesional a ratos y consorte, es que ésta es una oportunidad increíble para crecer como persona a base de observar aquello que está más allá de tu zona de confort, para practicar idiomas, para aparcar el esnobismo de provincias y abrirte a gente de todo tipo, para curiosear, para meter la pata, para rectificar, para aprender a vivir con menos y liberarte de la esclavitud de los bienes materiales, para disfrutar intensamente de tu país cuando te vas de vacaciones y hacer que un chorizo dure un semestre a la vuelta, y para, ante todas las cosas, aprender a disfrutar las pequeñas cosas del día a día como si fuera la aventura más excitante de tu vida.

Así que en esas seguimos… viviendo peligrosamente.

 

Miriam Blanco
Jerusalén
Maio 2019
Foto principal de Jessica Castro en Unsplash

 

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