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Stefania es una amiga muy querida de Expatclic. Después de cuatro años en la India, regresó a Italia y nos envía este hermoso artículo en el que reflexiona sobre sus sentimientos desde estar “finalmente en casa”. ¡Gracias Stefania!

 

Estoy en el supermercado, frente a la estantería del yogur. A mi alrededor, la gente pasa apurada, se detiene durante los pocos segundos que le lleva tomar sus frascos, los pone en el carrito y se va concentrada en el siguiente producto de la lista. Yo no puedo enfocarme ni en dónde estoy ni en qué estoy. La cantidad de marcas diferentes y la variedad de sabores disponibles para cada una me confunde: ¡ni siquiera sabía que había yogur con té!

No estoy en una ciudad desconocida, en mi primer viaje de compras. Estoy en mi casa, en el supermercado donde compré millones de veces, antes de expatriar hace cuatro años. Simplemente ya no estoy acostumbrada a esta variedad: donde he vivido en los últimos cuatro años había dos de marcas de yogur, quizás con cuatro sabores en total. Me tomaba muy poco elegir.

Aquí es donde tienes que adaptarte para vivir; que fuera tu casa hace años importa relativamente.

Aquí todo es diferente, las cosas más sencillas me exigen concentración y tiempo. Mi piloto automático, que debería entrar en acción en situaciones repetitivas como la compra de comestibles, está fallando. Me siento extraña a pesar de estar en casa: estoy en medio del choque cultural inverso.

Antes de regresar a casa, no estaba segura de que existiera. Me decía: cómo va a ser, esto fue solo un paréntesis en el extranjero, pasé la mayor parte de mi vida en casa, será como regresar de unas vacaciones.

Si y no.

supermercatoTodos experimentamos el Choque Cultural cuando nos mudamos a un nuevo país. Los expertos han identificado algunas fases que lo componen, desde la alegría de la novedad hasta el abismo de la melancolía, pasando por el equilibrio logrado con dificultad después de meses o incluso años. Estos altibajos de las emociones se representaron gráficamente en forma de ondas o ve dobles.

A través de fases similares y sentimientos fluctuantes similares, el Choque Cultural Inverso se manifiesta cuando uno regresa a casa para quedarse. Esta es la distinción: ser conscientes de que no son vacaciones, no es una pausa, no hay cuenta atrás. Aquí es donde tienes que adaptarte para vivir; que fuera tu casa hace años importa relativamente. De hecho, quizás subestima el esfuerzo que debes ponerle al asunto.

Al principio, la comodidad de encontrar familiares, amigos, hogar, hábitos puede ser la fase de “luna de miel”, como se define. Quizás las comparaciones que hacemos con el país que nos acogió se vuelven un poco drásticas, tomemos un respiro, digamos: ah, aquí me puedo relajar, que todos me entienden, que puedo conducir / vestirme como me plazca / comer lo que prefiera.

Los hábitos que hemos adquirido durante una larga estancia en el extranjero son muchos, pequeños y escondidos por todas partes. Se infiltraron en nosotros y construyeron ese software adicional que nos permitió sobrevivir donde vivíamos.

Incluso, si el regreso se ha dado en la misma época del año en la que normalmente veníamos para las vacaciones, ni siquiera notamos que esta vez estamos en casa para quedarnos.

Pero luego, a medida que pasan los meses, puede empezar la impaciencia: qué fastidio cuando el coche de delante gira sin poner la flecha. ¿Las minifaldas tienen que ser tan cortas en verano? Los colores del otoño son hermosos, lo difícil es acostumbrarse al desorden de abrigos y bufandas. ¡Qué desagradable que la gente interrumpa cuando no he terminado de hablar! ¿Es posible que el jengibre fresco tenga estos precios estratosféricos? ¿Y que haya tantas marcas de yogur que pierdo media hora para elegir?

casaEl tiempo necesario para volver a sentirnos a gusto también puede ser largo: tres, seis meses, incluso un año: mucho depende de cuán diferente sea la realidad en la que vivimos en expatriación y cuánto tiempo llevamos separados. Un tiempo más largo equivale a una mayor cantidad de cosas que han cambiado, dentro y fuera de nosotros.

Mi primera sospecha de que había algo extraño conmigo ese verano fue cuando, para cruzar la calle en el paso de peatones, me lancé con la mano levantada y una actitud decidida, a pesar de que la persona que iba en sentido contrario ya estaba frenando. Dentro de mí, todavía tenía el tráfico demoníaco de mi país antiguo anfitrión.

Los hábitos que hemos adquirido durante una larga estancia en el extranjero son muchos, pequeños y escondidos por todas partes. Se infiltraron en nosotros y construyeron ese software adicional que nos permitió sobrevivir donde vivíamos. Pero cuando regresamos a “casa” y salen así, automáticamente, pueden sorprendernos, hacernos reír o preocuparnos. O simplemente mostrarnos que las cosas son más complicadas de lo que las recordamos.

Así que el primer paso es aceptar que “hogar”, en un sentido amplio, un lugar de cosas y personas, ya no es exactamente como era cuando nos fuimos, también porque ya no somos exactamente los mismos que antes.

A veces, los nuevos hábitos pueden sorprender a familiares y viejos amigos, quienes a menudo, felices de tenernos de nuevo juntos, no entienden nuestras nuevas rarezas. También es al captar el asombro en sus ojos que nos damos cuenta de los pequeños desajustes que tiene nuestro comportamiento frente a la “norma” del lugar. Después de todo, nos han pasado muchas cosas, tanto a nosotros en expatriación como a nuestros amigos y familiares en casa. Y ni siquiera la red social más sofisticada puede habernos hecho vivir el día a día en casa, cuando estábamos inmersos en una cotidianeidad paralela y lejana.

Cualquier evento nos afecta y nos cambia. Así que el primer paso es aceptar que “hogar”, en un sentido amplio, un lugar de cosas y personas, ya no es exactamente como era cuando nos fuimos, también porque ya no somos exactamente los mismos que antes.

[…]las relaciones y los conocidos son más numerosos pero menos profundos que los creados entre expatriados, donde se comparten experiencias fuertes que cimentan amistades.

El hecho desestabilizador es que, cuando uno regresa a casa, no esperaría tener problemas para instalarse. De hecho, es mi hogar. Pero cuanto más tiempo hayamos estado lejos, más lejos de nuestra cultura esté la del país donde vivíamos, mayor haya sido el esfuerzo que hicimos para acostumbrarnos a él; más fuerte experimentaremos el Choque Cultural Inverso.

donnaTodas las mujeres con las que hablé, que regresaron a casa después de un período de expatriación, me confirmaron que se sentían como peces fuera del agua en algunos aspectos: las relaciones y los conocidos son más numerosos pero menos profundos que los creados entre expatriados, donde se comparten experiencias fuertes que cimentan amistades; hábitos que no recordaban o que habían cambiado mientras tanto; incluso solo la referencia a un programa que parece muy popular pero del que nosotros, al otro lado del mundo, nunca hemos oído hablar.

Alguien comentó que todo le parecía haberse detenido mientras se sentía como una persona nueva. La mayoría de ellos dice que para acelerar el ritmo se lanzaron al trabajo. Aquellos que volvieron a lo que tenían antes de irse todavía necesitaban algo de tiempo para ponerse en marcha. Otros se han embarcado en una nueva experiencia profesional, quizás enriquecida por lo que habían aprendido en el extranjero. Algunos, menos numerosos, prefirieron absorber el cambio haciendo una pausa, durante la cual pusieron orden en asuntos, familiares o económicos, que habían quedado pendientes durante su ausencia. Pero para ninguno el regreso fue sin obstáculos y reflexiones.

Con paciencia, dándonos tiempo para reingresar al personaje que éramos antes de irnos o para crear uno nuevo.

Las mujeres expatriadas, acostumbradas a pasar de un estado de supervivencia a una vida de satisfacción en cualquier latitud, tienen los recursos para prosperar incluso en la repatriación. Solo tenemos que entender que hay que abordarlo un poco como una expatriación. Con sentido del humor, que es siempre el mejor antídoto ante cualquier malestar del viaje y que nos ayudó a superar las dificultades que enfrentamos para acostumbrarnos al país que nos acogió, y nos ayudará a superar el regreso. Con paciencia, dándonos tiempo para reingresar al personaje que éramos antes de irnos o para crear uno nuevo. Con la solidaridad de otras mujeres que han estado ahí antes que nosotros y la comparación con experiencias similares.

Disfrutemos de las cosas, grandes o pequeñas, que nos emocionan y que extrañábamos cuando estábamos lejos. Para mí, por ejemplo, poder morder una manzana con la cáscara después de pasarla bajo el agua del grifo, sin más esterilización.

Tomémonos el tiempo que necesitemos para digerir la despedida del país que nos acogió. Habrá momentos en que un perfume, un sonido, un rostro nos hará revivirlo; otros donde hacer algo que allí aprendimos, una receta, un juego, un paso de baile, nos hará sentir cuánto nos ha enriquecido la expatriación. Y vamos a reírnos mucho cuando seamos los únicos que nos quitamos los zapatos al entrar en casa de un amigo o nos demos cuenta de que nos hemos acostumbrado a no usar más la mano izquierda para llevarnos una rebanada de pizza a la boca o para servirnos algo.

Stefania Scardigli
Italia
Enero 2016
Fotos: Pixabay
Traducido del italiano por Mociexpat
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