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Gabriella se recuerda con nosotras de su periodo en el Gabon, y nos cuenta de Isabelle, su doméstica, que ha dejado un gran recuerdo en su corazon. ¡Gracias Gabriella! 

 Traducido del italiano por Rupexpat

 

Nuestra partida hacia Gabón, en el lejano 1991, fue muy movida: primero fue postergada por algunos meses a causa de los graves desordenes que se desataron después de un fallido atentado contra el, en aquel momento, presidente Bongo, desordenes por los cuales fue necesario evacuar a todos los expatriados. Luego se dio el vía libre, pero fue justamente en el momento en el que Saddam Hussein invadió Kuwait desencadenado una fuerte reacción de Estados Unidos, que lanzó el ataque contra Iraq en su operación Desert Storm: iniciaba así la primera Guerra del Golfo, y Occidente se preparaba a una nueva era de destrucción, terrorismo y miedo.

Nosotros partimos la noche siguiente al primer gran bombardeo sobre Baghdad: recuerdo que el aeropuerto de Fiumicino estaba casi desierto, custodiado por considerables fuerzas militares y policiales. La atmosfera en Italia era tensa, la gente se había aprovisionado de víveres en los supermercados, se temía un recrudecimiento de los ataques que habría podido involucrar también nuestro país, que participaba en el conflicto. Yo, mi marido y Valentina, de tres años, no veíamos la hora de despegar: era nuestro primer expatrio, y la curiosidad de conocer un país africano tan lejano y maravilloso, era más fuerte que cualquier preocupación o temor. Con nosotros viajaba la pequeña Rossella, todavía ignorando todo aquello que el mundo le ofrecería una vez que hubiese nacido…y sí, entendieron bien! Estaba embarazada de pocos meses y me preparaba a una nueva vida, en un lugar desconocido y relativamente salvaje, con el entusiasmo y aquella pizca de inconsciencia típica de los treinta años.

Mi marido Paolo ya había estado allí para una primera, básica planificación, había visto una casa y encontrado una chica para la ayuda doméstica. La búsqueda de una mucama, un guardián o un chofer, en un país centroafricano hace 20 años atrás, se basaba esencialmente en pasar el mensaje de boca en boca. No existían agencias especializadas para este tipo de reclutamiento y el problema era que a Port Gentil, así se llamaba la pequeña ciudad sobre el Atlántico donde estábamos destinados, la comunidad italiana era prácticamente inexistente, y la mayor parte de las familias francesas ya tenían, debido a sus hábitos coloniales, “boys” que les hacían los trabajos de la casa y del jardín. Nosotros, en cambio, queríamos una chica, joven y simpática, que supiese conquistar el afecto de nuestras hijas: así fue que Paolo se dirigió a las monjas, las Hijas de Maria Auxiliadora que, junto a los Salesianos, están diseminadas un poco por toda África con sus centros de asistencia y de alfabetización cerca de la gente del lugar. Y fue gracias a ellas que encontramos a Isabelle.

La vi venir hacia mí desde el sendero del jardín; tenía un poco más de veinte años, una linda figura y una sonrisa abierta. Era gentil y educada, hablaba bien francés, e inmediatamente tuvimos un reciproco y gran entendimiento. Valentina le pidió inmediatamente jugar con ella, iniciando ese vinculo de amistad y afecto que duró los tres años enteros de nuestra vida en Gabón. Isabelle llegaba a la mañana con su alegría contagiosa, realizaba las tareas domésticas, almorzaba con nosotros, y muchas veces a la tarde se quedaba jugando con Valentina. Era limpia y ordenada: recuerdo que cuando planchaba ponía siempre la ropa que había planchado en los cajones debajo de la otra para asegurar un constante recambio en el uso. Me ayudaba también en la cocina, sus especialidades eran los cangrejos rellenos y las bananas fritas! A veces venia a la noche para alguna hora de baby- sitting , encantando con juegos y poemas a mi hija, que sin darse cuenta aprendía francés. Cuando nació Rossella, estuvo aun más cerca de mi, tanto para la gestión de la casa como en la ayuda con las niñas. Valentina había iniciado l’école maternelle, pero permanecía allí pocas horas al día porque prefería jugar o dibujar en casa con su amiga Isabelle, con la cual ya tenía largas conversaciones. Por su lado, Rossella la consideraba como una de la familia y se quedaba en sus brazos con muchas ganas. Resumiendo, el tiempo pasaba tranquilamente y nosotros éramos felices y unidos.

 

 

Dolce Isabelle2

 

Un día Isabelle mi dijo que tenía problemas de salud, pero pese a mis intentos de convencerla a que me contara no quiso decirme que era lo que la estaba verdaderamente afligiendo y tampoco quiso aceptar mi propuesta de ir a ver a nuestro medico. Decía que su hermana se iba a encargar de hacerla ver por un curandero muy bueno que vivía en el pueblo, y que habría vuelto con nosotros después de alguna semana. No pude obligarla a cambiar de idea, pero tuve un feo presentimiento mientras la saludaba en el umbral de casa en aquella caliente noche africana. Cuando volvió había cambiado, más cerrada, taciturna, como si escondiese un secreto que, de hecho, se reveló un par de meses después: el “curandero” la había sometido a un ritual “vodoo” para sacarle el mal, pero lamentablemente estos ritos muchas veces comportan practicas sexuales y, a veces, verdaderas relaciones. La dulce Isabelle esperaba un hijo, y se preparaba a un ingrato futuro de muchacha madre.

Nada volvió a ser como antes, aunque ella se esforzase por ser alegre y despreocupada. También se acercaba el momento de nuestra partida definitiva, y no íbamos a poder asistir al nacimiento de su bebé Le regalé muchas cosas de Rossella, esperando que le trajesen buena fortuna a ella y al neonato ; deseaba tanto que la vida fuese para ellos lo más serena posible. Le dejé nuestra dirección y le rogué que me escribiera pronto y que me tuviera informada, pero en el momento de la despedida, ya lo saben bien, cuando dejan para siempre un país y una persona querida, las palabras ya no bastan. Volvimos a nuestra vida en Italia, y todo se calmó en la costumbre de los gestos y los lugares familiares, sin apagar sin embargo el recuerdo de aquella África lejana. Isabelle nos escribió poco tiempo después, diciéndonos que su hijo había muerto enseguida después del nacimiento; había encontrado otro trabajo y quería comenzar todo otra vez. En los años siguientes llegaron otras cartas, siempre mas espaciadas, aun si nosotros respondíamos a todas con largos relatos, fotos y dibujos de las nenas. Volvió a quedar embarazada, y esta vez nació un bebé sano, que debería tener ahora alrededor de doce años, pero poco después ya no nos llegaron más noticias. Nuestras cartas nos volvían renviadas al remitente; la empresa de mi marido dejó su sede en Port Gentil, y todo se cerró a nuestras espaldas.

Es te es mi relato, esta es la historia de Isabelle: perdí sus huellas , pero ruego que esté bien y que se acuerde de nosotros, como nosotros la recordamos siempre a ella.

En la foto, nosotros tres con Isabelle y el guardián.

 

Gabriella
Milan
Mayo 2012

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