Home > Testimonios > La pregunta fatídica

Con este breve texto quiero inaugurar una serie de reflexiones sobre nuestra condición de mujeres expatriadas. Espero que se diviertan tanto como yo me divertí al escribirlo…

Estás en un cocktail: feliz de salir de casa después de un día pesado, te pusiste algo lindo, y acompañas a tu compañero/marido a casa de un colega o al hotel tal de cual, pregustando la alegría de poder conocer personas nuevas, charlar con otras mujeres y respirar un poco de aire fresco.

El ambiente es cosmopolita, se hablan, al menos, tres lenguas y bajo el mismo techo están reunidas como mínimo diez nacionalidades diferentes (muy estimulante). Se te acerca una treintañera con aire inteligente y abierto que con tono simpático te pregunta de donde vienes. Explicas tus orígenes, le devuelves la pregunta, y respondes a la segunda, casi siempre inevitable:

«Cuánto tiempo hace que estas en el país?»

A este punto llega la pregunta clave, la fatídica, la odiosa, aquella que con el tiempo aprenderás a esquivar, a dar vuelta, a ignorar, a despreciar… :

“Qué haces de interesante?”.

Las primeras veces, ten por cierto, que responderás sin pensar demasiado que estas allí con tu marido, el cual trabaja en la empresa o en el organismo tal de tal. Ya al cuarto cocktail habrás comprendido con certeza que esta respuesta provoca una inmediata perdida de interés por parte de tu interlocutor, o que el sujeto en cuestión en aquel exacto momento divisa en la otra punta de la habitación, una persona que seguramente no veía desde hace casi diez años, y que debe por lo tanto precipitarse a saludar, y entonces te volverás mas astuta, o al menos tratas de intentarlo. Y a la fatídica, reponderás: “hago un montón de cosas: estoy en el comité de padres de la escuela de mis hijos, aprendo a pintar sobre vidrio, soy voluntaria en un orfanato, frecuento un curso de cocina hindú, y estoy aprendiendo a hablar japonés”.

La primera vez te sentirás satisfecha de ti misma, sobre todo porque esta respuesta te hará recordar cuantas cosas efectivamente haces (cosas que tu interlocutor no lograría nunca hacer, aun si tuviese un hijo menos de los que tú tienes…), pero ya a la segunda vez comprenderás que tampoco esta funciona. A la respuesta seguirá un cortés: “en serio?”, y verás el ojo de tu interlocutor vagar por arriba de tu cabeza, buscando una vía de escape o alguien más interesante, tal vez un empresario petrolero, o un funcionario de las Naciones Unidas.

Fortalecida por esta experiencia, decides usar una estratagema. En el fondo es verdad, no ganas ni un peso, pero algo que para ti tiene el mismo valor que un trabajo lo estás haciendo. O sea: estás a la cabeza de un comité que dió vida a un importantísimo proyecto de salud en el hospital mas desastroso de la ciudad, o traduces artículo tras artículo para Amnesty Internacional o para Survival, o gestionas alguna asociación para la defensa del ambiente, desde tu casa y a través de Internet.

Decides entonces usar esta estrategia: cuando alguien pregunta: “y qué haces?”, o aun mas directamente “trabajas?” , respondes con aire indiferente que si, que trabajas a la cabeza de una importante organización que protege a las focas grises, o que estás traduciendo una media de cincuenta hojas al día del inglés al árabe y viceversa para un importante organismo de defensa de los derechos humanos.

A este punto, si todo va bien, y el interlocutor se muestra satisfecho pasarán a conversar de otros temas, y a lo mejor por esa noche pueden llegar a entablar una buena amistad, pero si tu interlocutor es del tipo «obtuso», o de aquellos que tienen corcho en la cabeza en relación a las mujeres que acompañan a sus maridos, entonces él te preguntará: “ y logras vivir?” o aún más groseramente: “ganas dinero?”. Entonces ahí, a menos que te transformes en una descarada mentirosa, deberás a mala pena, admitir que no, que no ganas ni un solo peso…

Llegado este punto, después de una media de diez cocktails y de otros eventos sociales de los cuales siempre sales un poco mortificada y herida en tu amor propio, puedes elegir varios caminos… pero no esperes que ninguno de estos te resuelva completamente el problema. Partir a otro país siguiendo al propio compañero/marido implica de hecho una renuncia a la propia carrera, y esto es una «marca”, independientemente de las estrategias que puedas elegir.

Solucion n. 1: encuentras un trabajo en el lugar . Hay mujeres que tienen necesidad de trabajar, y por «trabajar» entiendo ocupar una posición profesional retribuida en cualquier (o casi) ámbito, y que si no lo hacen se sienten frustradas e inútiles. Si perteneces a esta categoría y no encontraste todavía un trabajo, la fatídica te resultará todavía más indigesta. Aconsejo entonces mover cielo y tierra para encontrar lo mas rápidamente posible un trabajo.

Pero aun así las cosas no son tan simples: admitiendo que tu posición te permita trabajar en el país en el cual resides, lamentablemente a veces hay acuerdos entre los gobiernos y las empresas, organismos o entidades extranjeras, que prevén que las mujeres que acompañan no puedan ejercitar una profesión en el lugar, se deberá entonces encontrar el canal laboral justo.

En primer lugar debes enfrentar el problema de la lengua: si eres afortunada y dominas con un buen nivel la lengua del país que te hospeda, te encuentras ya en un muy buen punto, pero si te trasfieren, por ejemplo, a China, y para trabajar tienes que dominar al menos discretamente el mandarin, la historia cambia.

También puede ocurrir que tu misma formación profesional limite tus posibilidades: por ejemplo, si eres arquitecta, puedes trabajar felizmente reestructurando casas (por decir), pero en cambio no podrás trabajar en el campo de la enseñanza o en el ámbito empresarial, etc.

Supongamos que todas razones insidiosas presentadas hasta ahora no obstaculicen tu búsqueda de trabajo, y que encuentres algo para hacer que te guste y satisfaga. Ten por seguro que en el 90% de los casos, tu trabajo no logrará satisfacer a tu interlocutor.

Porqué? Porque de acuerdo a la mentalidad común y corriente los trabajos que realizan las mujeres que acompañan a sus maridos/compañeros ,y que se van encontrando en cada nuevo lugar, son trabajos de segundacategoría: el Trabajo verdadero, aquel sólido, bien pagado y que se continua en el tiempo, es aquel del marido. Pero por favor! Poder responder a la fatídica diciendo que trabajan y son remuneradas, ya es un buen paso!

Solución n. 2: logras que la opinión del otro no te importe.

Y este es un discurso muy vasto y que podría ser tratado en otras secciones, porque escapa a la temática relacionada exclusivamente a la condición de expatriado, para extenderse al análisis de la imagen de la mujer en nuestra sociedad, nuestra autoestima, nuestro rol en el seno de la familia, etc. En general decimos que ésta es la táctica que funciona mejor si ustedes son personas que viven la expatriación con serenidad y convicción, independientemente de la situación profesional. Por experiencia personal, y después de haber hablado con un muestrario realmente amplio de mujeres acompañantes, puedo afirmar que el desinterés de las personas frente al hecho que una no trabaje y que por lo tanto no perciba un sueldo es casi siempre motivo de humillación y frustración, aunque sea transitoriamente. Se necesita una experiencia confirmada y una gran fuerza de carácter para no dejarse abatir por la actitud de aquellos que pierden inmediatamente el interés de frente a una mujer que vive en el exterior para acompañar al propio marido. Y esto nos lleva a la:

Solución n. 3: decides de emprender una cruzada a favor de las mujeres acompañantes y en la primera ocasión en la cual te preguntan la fatídica , partirás al contraataque con una filípica bestial sobre el rol que estás desempeñando, sus ventajas y desventajas, etc.

Es verdad que mientras no encontremos la fuerza de quebrar los clichés que nos etiquetan y nos limitan, y clichés sobre las mujeres acompañantes hay muchísimos, no veremos grandes cambios en la actitud de la gente hacia nosotras. Acompañando a nuestro marido al exterior se recae a la fuerza en un rol clásico, que en nuestros países de origen es considerado en desuso y para nada moderno: volvemos a ocuparnos a tiempo completo de los hijos y de la casa, encarnamos el rol de ángel del hogar contra el cual hemos tal vez luchado con puños y dientes cuando vivíamos en nuestra patria.

Pero existen elementos que hacen que este rol desempeñado en el exterior tenga una importancia diferente. La presencia de la madre se vuelve fundamental para los hijos en el momento en el cual cambian país y se enfrentan a una nueva lengua, una nueva cultura, un nuevo ambiente, y deben reconstruir de cero un grupo de amigos. Este no es sin duda el caso cuando se vive continuamente en el mismo país, con la familia, los amigos, los usos, la cultura, que no cambian nunca.

Cuando hablen con la gente encontraran una inmediata comprensión sobre este argumento, tanto que a veces lo habrán concluido de modo bastante rápido, sobrentendiendo que no es necesario explicar muy profundamente lo complejo que resulta la adaptación de los hijos a un país nuevo, y lo importante que es el rol de la madre en estas fases, porque es perfectamente comprensible.

Lamentablemente, la realidad nos demuestra que quien no lo experimenta en primera persona no puede ni remotamente entender lo que esto significa e implica. Y esto sucede también, lamentablemente, a quien vive experiencias en el exterior pero no tiene hijos, o en casos desesperados, también a los padres que viven en el exterior pero tienen un tipo de trabajo que los absorbe tanto que no les deja espacio para percibir lo que pasa en la propia familia. No es por lo tanto tiempo perdido tratar de llamar la atención sobre la enorme cantidad de tiempo, dedicación, energía, y empeño que las madres deben dedicar a la familia cuando llegan a un nuevo país.

Pero llega el momento en el cual los hijos están ya ambientados, se crearon un grupo de amigos y tienen una rutina de actividades, que liberan parcialmente a la madre del empeño que caracteriza todo el primer periodo. Se da también el caso de mujeres que acompañan a sus maridos y que no tienen hijos, y que aún disponiendo de gran cantidad de tiempo, deciden no trabajar para dedicarse a otras cosas.

Lo que es necesario comunicar a la gente lo más directamente posible es el hecho que la experiencia en el exterior es ya en si misma una formación y un periodo de enriquecimiento cultural y preparación para futuras situaciones de la vida. No es necesario trabajar en contacto directo con la gente y percibir un salario para tener la sensación de crecer, aprender, progresar y descubrir. No es obligatorio ocupar un lugar de trabajo fijo y en un ámbito definido para poder expresar la propia creatividad y las propias ganas de hacer.

Si se encuentran con un interlocutor que les parece particularmente sensible y de espíritu abierto, no duden en hablarle de su rol, de como se sienten como mujeres acompañantes que no trabajan. Seguramente le abrirán nuevos canales de reflexión, y poco a poco contribuirán a cambiar esta imagen odiosa y pegajosa de mujer que se pasa todo el tiempo a tomar el té con las amigas y va, elegantemente vestida, a regalar zapatos en desuso a los niños pobres.
Claudiaexpat
Lima, Perù
Abril 2005

Traducido del italiano por Rupexpat

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