Home > Vida en el extranjero > Traslados > Reflexiones de una novata

Mi (corta) experiencia tratando de sentirme «en casa»
Soy una novata de la expatriación. Aunque he vivido fuera de mi ciudad natal más de una vez y en diferentes etapas de mi vida (a los 4 y 10 años por el trabajo de mi padre y a los 26 como estudiante de maestría), mi verdadera vida como expatriada empezó recientemente, hace 3 años y medio, cuando me casé y empecé a seguir a mi esposo dejando mi carrera, mi familia, mis amigos, en general, mi vida como había sido hasta ese momento (¡y para siempre!).

Hoy vivo en Budapest y éste es recién mi segundo destino (el primero fue Panamá), el segundo de quién sabe cuántos más. Los dos destinos han sido muy distintos, en todo: la geografía, la cultura, el clima, la lengua, las circunstancias personales que acompañaron cada mudanza, todo. Justamente por eso, el proceso de sentirme «en casa» ha sido también distinto. Mis necesidades personales para sentirme en casa fueron distintas.

He tenido suerte. A pesar de las diferencias entre la primera y segunda expatriación, en ambos casos tuve la fortuna de cruzarme con la gente adecuada, de conocer a las personas que cada tipo de mudanza requería para que el proceso de adaptación fuera suave y fácil. Ambos países me recibieron con los brazos abiertos, a su modo cada uno, pero abiertos al fin y al cabo.

Mi marido y yo en la casa de mis papás

Mi marido y yo en la casa de mis papás

La primera mudanza, cuando dejaba mi ciudad y a mis padres (con los que siempre había vivido –por 30 años- excepto por aquellos 13 meses de maestría en el 2005) venía acompañada de muchos miedos y sueños, mucha incertidumbre, muchos cambios: dejaba por primera vez “mi casa” (a la que ahora me refiero como “la casa de mis papás”) para llegar a “nuestra casa”, la mía con mi marido; empezaba una nueva aventura, la de estar casada, con un hombre de otro país (y, por lo tanto, culturalmente distinto) con el que había tenido un noviazgo lindísimo pero relativamente corto y bastante fuera de lo común, yendo y viniendo entre Panamá (donde él vivía desde antes de conocernos) y Lima. Dejaba mi carrera (una que para colmo de males era difícil de exportar: abogada, y no en derecho internacional, sino en derecho corporativo) y, como si eso fuera poco –y como consecuencia de lo anterior-, perdía mi independencia económica. Todo eso de una, todo al mismo tiempo.

En aquel momento para mí era muy importante trabajar, en lo que sea. No me imaginaba en mi casa, haciendo nada (según yo eso es lo que hacían quienes no trabajaban) luego de tanto estudio y tantos años de trabajar. Sentía que pasar por tantos cambios al mismo tiempo podía ser demasiado y que, dentro de todo el giro que estaba dando mi vida, conservar de alguna manera mi independencia económica me daría tranquilidad. Y así fue, gracias a una buena amiga tuve la suerte de encontrar trabajo a la semana de llegar. No el trabajo soñado, ni siquiera uno que me gustara mucho o que pagara bien, pero trabajo al fin y al cabo. Trabajé durante todo mi tiempo en Panamá, el trabajo mejoró cada vez más, al punto de convertirse en algún momento en el trabajo que más he disfrutado en mi vida y fue esa independencia la que me dio la seguridad que, como recién casada que dejaba todo por seguir a su esposo, necesitaba. Además, fue el trabajo –por el tipo de trabajo- el que me permitió aprender todo de la ciudad, dónde se encontraban las cosas, qué eventos había, cuáles eran los restaurantes de moda, todo. Me hizo sentir casi tan conocedora de la ciudad como una local.

 

Mi casa de Panamá la víspera de la mudanza

Mi casa de Panamá la víspera de la mudanza

 

Conocí mucha gente encantadora e hice míos a los amigos de mi esposo, pero creo que la clave de mi pronta adaptación fue mi trabajo. El trabajo me abrió las puertas de la ciudad y me permitió tener cierta continuidad: había cambiado todo pero seguía siendo una mujer independiente. Panamá era mi casa porque ahí tenía –además de a mi marido- a mi trabajo.

Nuestro edificio en Budapest

Nuestro edificio en Budapest

La venida a Budapest ya fue otra historia. Ya tenía más tiempo con mi esposo, ya los miedos de recién casada se habían ido, ya había más confianza y nos conocíamos aún mejor. Todo esto significaba, entre otras cosas, que ser dependiente económicamente, si bien no me encantaba, tampoco me quitaba el sueño. Aunque quería trabajar, cuando supe que no podía por mi tipo de residencia, no se me vino el mundo encima (como probablemente habría sido el caso si me pasaba en Panamá). El problema era cómo, ahora sin trabajo, hacía para tener todo lo que justamente mi trabajo me había dado en mi primera y, hasta el momento única, experiencia como expatriada. El verdadero problema esta vez era otro: no conocía a NADIE en nuestro nuevo destino y sin trabajo no tenía por dónde empezar.

En ese momento fue que empezó lo bueno: crearse un hogar, hacerse una vida de cero, sin trabajo que te de un empujón para conocer nueva gente, sin un amigo que te introduzca a la vida local, sin nada. Y fue en el momento en que me di cuenta de todo esto –cosa que no ocurrió sino hasta después de dos meses de habernos mudado, cuando mi esposo por primera vez viajó por trabajo y me quedé sola- que entendí qué significaba ser una expatriada y que tomé el control de mi (nueva) vida. Ahí caí en cuenta que si quería tener una vida, una red de contactos y amigos, si quería tener esa sensación de pertenencia que sólo se tiene cuando (por lo menos en mi caso) sabes moverte en una ciudad, conoces los “huariques”[1] más recónditos, sabes dónde están las cosas, dónde se come bien, cuando tienes a quien llamar para conversar, entre otras cosas; si quería todo eso, tenía que hacer algo yo misma. Entendí por primera vez que nadie iba a venir a tocarme la puerta. Y ahí fue cuando, con la invaluable ayuda de internet, empecé a investigar sobre grupos de expatriados, de hispanohablantes, de cualquier cosa a la que pudiera unirme, de la que pudiera formar parte, que me pudiera abrir las puertas a mi nueva ciudad y, comencé a empujar mis propios límites para permitirme salir al mundo y presentarme: “Hola, soy nueva aquí y necesito crearme un hogar”.

Riflessioni novata4Lo demás es historia pero debo decir que esos primeros pasos para salir al mundo y encontrar gente que me hiciera sentir en casas fueron complicados, no por la gente (porque, de nuevo, tuve la suerte de encontrar personas excelentes y conocí bastante rápido a las que ahora son mis mejores amigas en Budapest) sino por mí misma, porque yo nunca había hecho algo parecido; porque yo odiaba presentarme en grupos de desconocidos, porque nunca me había gustado ser la nueva. Pero lo importante y la lección que yo saqué de todo esto es que nuestros límites nos los ponemos nosotros mismos, que a veces sólo basta un poco de esfuerzo (la necesidad también ayuda, ¡sin duda!) para romperlos y que romperlos puede hacer la diferencia entre sentirse sola y empezar el camino rumbo a tener un hogar.

Pero no todo han sido diferencias en mis dos destinos; también ha habido cosas comunes, cosas que le han dado continuidad a mi vida y que de hecho considero elementos importantes de mi proceso de hacerme un hogar. Primero, están los objetos físicos que nos acompañan a donde vamos: los cuadros, los adornos, los marcos de fotos, nuestros libros, los álbumes de nuestro matrimonio, los muñecos de peluche que me regaló mi esposo cuando éramos novios, la mini olla arrocera que me ha salvado la vida tantas veces, la colección de imanes de vacas que tengo en la refrigeradora, los suvenires que vamos juntando en cada viaje, todas esas cosas que, aunque en ubicaciones distintas, están siempre ahí con nosotros y forman parte de nuestra casa y de nuestro hogar. Lo otro que creo es fundamental –aunque no siempre suficiente, lamentablemente- es la actitud. Creo que es importante tratar de ver las cosas con el corazón abierto y la mente positiva. Mi estrategia personal es que hay que tomar lo mejor de lo que nos toca, que hay que disfrutar y vivir con entusiasmo todo lo bueno (e incluso lo no tan bueno) que cada destino tiene para ofrecer (¡¡¡es con este pensamiento que estoy sobreviviendo a los -20 grados de este invierno europeo!!!), que hay que tratar de aprender a hacernos un hogar con poco porque finalmente hogar (al menos uno de los varios que podemos tener, el más actual quizás) es donde está la familia, en mi caso, mi esposo.

Esta es mi (corta) experiencia como expatriada y es así como me siento hoy. Quién sabe cómo me sentiré en unos años, quién sabe cómo se vayan a sentir los hijos que aún no tengo y cómo haré para transmitirles nuestras raíces, para que sepan decir de dónde son…Esa será otra historia que espero poder contarles más adelante.

 

Mociexpat
Budapest
Fevrero 2012
[1] Peruanismo que significa escondrijo, lugar poco conocido

(Visited 5 times, 1 visits today)

Ya que estás por aquí…

¿podemos pedirte que nos invites un caffe ? ¡Es una broma!, pero solo hasta cierto punto. Quizás has notado que Expatclic no tiene publicidad ni contenidos pagados. Desde hace 14 años trabajamos para proporcionar contenidos y una asistencia de calidad a las mujeres expatriadas en todo el mundo. Pero mantener un sitio tan grande conlleva muchos gastos, que cubrimos en parte con nuestras cuotas de adhesión a la asociación que maneja el sitio, y con donaciones libres de quienes nos aprecian y quieren que sigamos trabajando. Si tu pudieras darnos aunque sea un pequeñísimo aporte para cubrir el resto, estaríamos inmensamente agradecidas. ♥ Puedes ayudarnos con una donación o haciendote socia honoraria. Gracias de todo corazon.

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*