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a terrible beauty

Hemos recibido esta historia durante el concurso Reflejos de Viaje. Queremos agradecer Sue para permitirnos publicarla.
Junio 2014

“Síndrome del Nido Vacío” https://es.wikipedia.org/
Es una sensación general de soledad que los padres u otros tutores pueden sentir cuando uno o más de sus hijos abandonan el hogar. Aunque es más común en las mujeres, puede ocurrir en ambos sexos.

“Expatriado” https://es.wikipedia.org/ 
Un expatriado (diminutivo expat) es una persona que, de forma temporal o permanente, reside en un país diferente del país en el que nació. El término viene del ex («fuera de») y patria («país, madre patria»).

Estoy agitada por los sollozos, parada frente a una palma Talipot, Corypha Umbraculifera, con una camiseta azul, con sudor y transpiración chorreando por mis piernas y mojando mis medias.

Corrí a través de las Puertas Principales al final de la calle Main Road del Jardín Botánico de Singapur.  Las puertas están hechas de encaje de hierro y tienen el mismo color gris claro que el cielo de Singapur en la puesta del sol. Corrí a lo largo de un estrecho camino bordeado de varias especies de plantas, algunas lo suficientemente altas como para darme un respiro del día inevitablemente amarillo. El camino se abría en una zona de césped. O para ser más precisas, en el Prado D, entre la Fontana de granito suizo y el Holttum Hall.

Fue entonces cuando me encontré con el árbol. «Mire hacia arriba», una señal me decía y, mientras lo hice, vi lo que parecía un candelabro volteado de cabeza que brotaba desde lo más alto de la palma y se elevaba sobre sus hojas en forma de paraguas. Un calor se extendió por mi pecho y sonreí cuando me di cuenta de que había un sinnúmero de pequeños botones de color esmeralda claro a lo largo de cada brazo. Esas flores minúsculas, descubrí más tarde, parecen de color blanco luminoso en la mañana temprano y brillan como el oro cuando el sol se esconde. El tronco del árbol estaba cubierto de enredaderas verdes que tenían, incontables y perfectamente redondas, hojas color verde botella, como un poste de barbero decorado con lunares verdes. El árbol tiene sarampión verde, pensé.

Después de su exhortación, el signo prologa su información sobre el árbol con un comunicado. «Todo final tiene un nuevo comienzo». Dejé de correr y seguí leyendo. Aprendí que este árbol de más o menos ochenta años de edad, florece una sola vez en su vida, y morirá después de producir 24 millones de flores y, con suerte, algunas semillas. Lágrimas empezaron a correr por mi cara y puse mis manos en mis caderas y traté de tomar aire. Estoy saturada, sofocada con este nuevo entorno tropical después de siete años de vivir en el desierto, y estoy saturada de emoción también.

¿Qué sentí? Tristeza, de que este árbol pueda producir un espectáculo así -sólo para mí, era como si estuviera sola en el Prado D- y luego morir. Agradecida – de poder ser testigo de cómo este florecedor tardío, en un instante glorioso, presumía de su belleza. Y algo más. Este árbol, en el silencio de estar y elevarse sobre los jardines durante décadas, luego de indicar su propia muerte con un espectáculo floral que me dejó sin aliento, había logrado afectar a los demás lo suficiente como para llamar la atención hacia él y mostrar una verdad muy simple. «Todo final tiene un nuevo comienzo». Esta idea me había conmocionado hacia otros sentimientos. Sentimientos que había mantenido escondidos, en el fondo de mi pecho y que la vista de las flores y su significado había traído a la superficie. Todo final tiene un nuevo comienzo. Un concepto tanto liberador y aterrador para mí.

Yo había llegado a Singapur siendo ya una expatriada y esposa acompañante. Una mudanza es emocionante, con nuevos lugares para explorar, una nueva lengua por aprender y una cultura por descubrir. Pero esta mudanza era diferente. Esta mudanza fue sin nuestros tres hijos. Se habían convertido en adultos en nuestro último hogar, Dubái, y uno a uno se habían mudado de regreso a nuestro país de origen, Australia. El último en hacerlo lo hizo justo cuando nos mudamos a Singapur. Salí de Dubái, mi desierto hogar, mi vida por siete años, y me despedí de los amigos que hice allí en piloto automático. Nosotros expatriados sabemos sobre esto, conocemos la naturaleza transitoria de la vida de expatriados y, para protegernos del dolor, nos cerramos un poco. Otro amigo que se va, otra familia que despedir, durante los años los vi partir como si los viera desde fuera de mí. Los miré con cierto desapego, porque sabía que un día ese amigo, esa familia sería yo, mi familia.

Las partidas son rumorosas. Las despedidas ruidosas, los abrazos, la preparación… «Seguiremos en contacto», prometemos mutuamente y lo decimos en serio. Tuve mi enseñanza, mi baile, mi vida social, mis despedidas, el último año de mi último hijo de la escuela que terminar, ceremonias de graduación, fiestas de graduación, organización de la documentación, vacaciones de verano, luego mudanza de casa, embalaje y tirar cosas. Qué ligero se sentía, qué liberador el deshacerse de toda la basura y el desorden acumulados después de tantos años.

Es silencioso en un nuevo país. No hay escuelas, no tengo trabajo aún, sólo decir adiós a mi marido cada mañana y verlo partir en el coche, mientras me dispongo a terminar con los toques finales de la mudanza. Es tranquila nuestra nueva morada. Un nuevo comienzo, el nido vacío en Singapur y mi mente está constantemente obsesionado con mis hijos en otro país, estudiando, trabajando y de fiesta, haciendo su vida sin mí. Ya no me necesitan para nada práctico, como comidas o transporte y mi constante control sobre ellos les molesta. Tengo que aprender a dejar ir, ya no tengo control de sus vidas, pero estoy totalmente en control de la mía. Tengo el tiempo para ver una tormenta tropical, me estremezco con el rayo que surca través de un cielo de pedernal o golpea la tierra en las afueras de mis puertas corredizas de cristal, salto con loa truenos y escucho el tambor constante de la lluvia. Las gotas de agua caen con fuerza y ​​rapidez como miles de agujas relucientes, golpeando el suelo tan bruscamente que rebotan inmediatamente.

Me dediqué a establecer una rutina. La compra para dos es todo un cambio ya que no necesito abastecerme de suscosas favoritas, pero ya lo haré cuando visiten y eso me reconforta. Tengo tiempo para caminar por los pasillos y estudiar los productos, muchos, no sólo en un idioma diferente, sino también con una letra distinta. Algunos alimentos son extraños para mí, pero tengo ganas de encontrar la manera de usarlos. Descubro mi nueva pista de atletismo, los Jardines Botánicos, y mientras corro entre serpientes, tortugas, cisnes, lagartos y extraños, me pregunto si voy a sentirme sola.

El árbol tenía una sorpresa para mí. No es nativo de Singapur, sino de la India y Sri Lanka, así que es un expatriado también, echando raíces y prosperando aquí, rodeado de naturaleza.

Seis meses más tarde, me paro frente al árbol con mi invitado número 34a, mi hermana menor en una visita en solitario. Nuestras situaciones son muy diferentes, ella vive en nuestro país de nacimiento y su nido está lleno. Pero ella está experimentando su propio nuevo comienzo. Ella se ha mudado de estado y en Australia eso significa unas diez horas en coche. Su nuevo comienzo en un pueblo junto a la playa significa el fin de las reuniones casi diarias con las otras dos hermanas de las que ella había llegado a depender desde que nacieron sus bebés. Las pequeñas intimidades, palabras de consejo, los ojos siempre pendientes de su estilo de crianza han terminado, pero sus hijos tienen ahora la oportunidad de pasear por la playa todos los días en un ambiente cálido y relajado.

Señalo el cartel para que ella pueda descubrir el árbol por sí misma. Ella levanta la vista y veo que sus ojos se abren y oigo su respiración mientras ve las flores delicadas, encaramado en la parte superior del árbol, de color verde claro a mediados de la mañana. Un ligero viento cruza los jardines que causan que el candelabro se agite y que pétalos caigan girando sobre la hierba. Luego ella sigue leyendo, veo su cabeza mirar hacia arriba mientras ella grita: «¡Oh, no! Se está muriendo». Su voz se siente entrecortada y ligera. Ella pone sus manos para bloquear las palabras en el letrero y un segundo después sus hombros caen casi imperceptiblemente mientras acepta la terrible belleza del árbol. Luego ella llora también.

Sue Mannering

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