Home > Vida en el extranjero > Animales > Cuando el perro muere en el extranjero

De mi maravilloso perro Mitch ya les había hablado en una cantidad de artículos en el sitio. Entró a formar parte de nuestra familia en el 99, en Honduras, y desde aquel entonces nos siguió alrededor del mundo, primero a Perú, después a Italia por algunos meses, y finalmente a Jerusalén. Y es aquí donde nos dejó para siempre, el 14 de octubre del 2011. Hacía bastante que estaba enfermo aunque hasta el final nunca nos dio problemas, y así como durante toda nuestra convivencia trató de disturbarnos lo menos posible también en su muerte se fue sin crear grandes inconvenientes: hasta lo último fue autónomo, nunca se quejaba (aun cuando la degeneración ósea le provocaba fuertísimos dolores) y nos regalaba sonrisas y ladridos alegres.

Es muy duro para mí escribir desahogando mis sentimientos porque Mitch – como todos los perros que son amados por sus “patrones” – era a todos los efectos un miembro de nuestra familia, y por doce años nuestras vidas y nuestras decisiones tuvieron en cuenta su presencia . Antes de cambiar de país nos asegurábamos de poder alquilar una casa con jardín para él, tratamos siempre de acomodar nuestros ritmos a los suyos, y nos hemos siempre organizado, en los diferentes países, para hacerlo sufrir lo menos posible cuando lo dejábamos para volver a Italia en las vacaciones. Por doce años cada mañana me levantaba y era él el primero a darme los buenos días – desde el jardín de Tegucigalpa, el garaje de Lima, el corredor del departamento de Milán, y la veranda de Jerusalén. Su ausencia creó un enorme vacío, y se necesitará mucho tiempo para llenarlo, si es que alguna vez lo conseguimos.

El objetivo de este artículo es reflexionar con ustedes sobre qué significa tener un perro en expatrio, y sobre el hecho que afrontar su muerte en un país extranjero abre un capítulo sobre el cual tal vez no queremos pensar pero que en algún momento vamos a tener que afrontar.

Mitch3Si pienso hoy en la historia de Mitch, me doy cuenta que dos factores caracterizaron y probablemente influenciaron su estado de salud. El primero fue el clima de los países en los cuales vivimos: tanto en Tegucigalpa como en Lima la tasa de humedad tocaba el 98% y los inviernos en ambas ciudades eran bastante rígidos. La segunda cosa con la cual todos los perros viajeros deben enfrentarse es la cantidad de veterinarios y de métodos y enfoques curativos diferentes con los cuales entran en contacto. Sonrío cuando pienso cuantas caras Mitch vio en su vida: del viejo veterinario que tenía al inicio en Tegus, talmente viejo que se jubiló y nos recomendó un veterinario joven perennemente excitado y lleno de energía, a Manuel, el veterinario limeño, intercalado con una serie de señoritas (cuando Mitch no quería mas hacerse tocar por hombres sino solo por chicas…) , desde la excelente Cinzia, en Milán, que lo salvó por un pelo cuando tuvo la piroplasmosis y le curaba la degeneración ósea con homeopatía, al viril israelí Zvi, que le sacó enseguida la homeopatía para darle esteroides!!!! Muchas veces me pregunté si Mitch hubiese estado con nosotros solo un par de años más , si no hubiese debido padecer ante cada cambio de país, también un cambio de medicinas, de comida, de tratamientos, de clima, de agua, etc. Pregunta inútil, porque se sabe que cuando se decide integrar a un perro a la aventura familiar de la expatriación también él debe pagar un pequeño precio.

Pequeño precio que, a mi parecer, está ampliamente compensado porque los perros en expatrio tienen en la familia una importancia muy especial, sobre todo si crecen junto con los niños. Se transforman en una de las pocas anclas de certeza en el movedizo mar de los cambios de país. Constituyen un punto de referencia afectivo que se va intensificando con el tiempo. Contribuyen a enriquecer la historia familiar con su simpática presencia en nuestra cotidianidad. No olvidaré nunca el día en que Mitch llego a Perú y lo llevamos desde el aeropuerto a casa, ni tampoco cuando lo llevamos a nuestra adorada casa en Toscana por primera vez- un momento que soñábamos desde hacía mucho tiempo, poder dejarlo correr libre en medio a la naturaleza que tanto amamos. Así como tantas otras anécdotas y pequeñas aventuras que, gracias a él, hicieron nuestra vida todavía más bella y alegre.

Cuando Mitch llegó Mattia había recién cumplido tres años, hoy tiene quince. Lo encontramos muerto yo, él y mi marido, una mañana en que habíamos abierto la puerta para llevar a Mattia a la escuela. Fue un momento tristísimo, pero también bello en el dolor que nos unía, porque subrayaba una vez más cuanto este perrazo negro, enorme, había contado en nuestras vidas y cuanto nos había dado.

Tantas veces me había imaginado el momento en el cual nos habría dejado, pero no había nunca pensado en que íbamos a hacer con él. Si hubiese sido en Toscana lo hubiésemos seguramente sepultado. Aquí en Jerusalén por un instante pensamos en pedirle a nuestros vecinos si podíamos enterrarlo en su terreno (las partes de tierra de nuestro jardín eran muy pequeñas y con plantas), pero una especie de pudor nos retuvo: aunque tenemos la fortuna de vivir rodeados de personas formidables y amantes de los animales, sabemos que la cultura árabe no considera precisamente a los perros como las criaturas más deseadas.

Estábamos aterrorizados ante la idea de tener que explicar a la municipalidad que teníamos un perro grande para disponer, tal vez sin que nos entendiesen- no siempre se encuentra a alguien que hable un buen inglés. Hablamos entonces a nuestro veterinario, que fue – él y su team completo- de una delicadeza y de una humanidad infinita, cosa que era para nosotros en ese momento esencial. Nos explicó que “aquí” hay diversas opciones para el cuerpo: darlo a la municipalidad, sepultarlo en el propio terreno y hacerse hacer una bella lapida en mármol, y si queríamos también una estatua, o hacerlo cremar, costo de la cremación colectiva 80 euros, (en este caso por motivos obvios no se pueden recuperar las cenizas), costo de la cremación individual 600 euros. El costo tan elevado de este último caso, se debe al hecho que hay que encender el horno para un solo perro. La ventaja es que en este caso se recuperan las cenizas y se las entregan al propietario.

MitchNo dudamos en elegir esta última solución. Alejandro, nuestro hijo más grande, estaba muy lejos en el momento de su muerte, y queríamos algo – sobre todo para él, y también para nosotros- a lo cual aferrarnos en recuerdo de Mitch. Lo llevamos entonces a lo del veterinario, envuelto en una vieja sabana, y la última cosa que vi de él mientras lo cargaban en el auto fue su espléndido hocico negro, que infinitas veces había besado y vuelto a besar durante estos doce años. .

Les cuento estas tristísimas cosas porque pienso que es importante, cuando están en un nuevo país con un perro que ya tiene una cierta edad, prepararse en el sentido más amplio a la eventualidad de su muerte. Naturalmente a la llegada al nuevo país buscarán un veterinario sobre el cual contar. Mi consejo, cuando lo hayan encontrado, es de hablarle también de esta posibilidad, o sobre qué hacer en el caso de la muerte imprevista del animal, y cuáles son las soluciones más comunes para disponer del cuerpo en ese país.

Cuando me llamaron por teléfono para avisarme que las cenizas de Mitch habían llegado, fui a buscarlas sin tener muy claro lo que esperaba. Lloré más cuando vi donde las habían puesto que por el hecho de que me lo llevaba de ese modo: la elección, dictada seguramente por un ánimo gentil y premuroso en relación a la memoria de nuestro perro, había caído sobre una tetera de cerámica decorada con deliciosas florcitas rosadas y rojas . Naturalmente lo sacaremos de ahí, y lo pondremos en un recipiente más apropiado. Y tal vez un día, quizás, lo llevaremos a Honduras, su país natal, y esparciremos sus cenizas en los bosques donde creció y donde le gustaba tanto correr.

 

Claudiaexpat
Jérusalen
Enero 2012

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