Home > Vida en el extranjero > Transportes > Tokio. Mi primer viaje en subte. Hora pico.

Malena, nuestra amiga argentina en Tokio, comparte otro momento de su primero periodo en su nuevo país de acogida. ¡Gracias Male!  

 

El piso del andén tiene marcas pintadas en el piso, donde la gente se forma para esperar el tren en un recatado orden.

El tren llega, se abren las puertas, los pasajeros salen y la gente sigue esperando que salga hasta el último pasajero. Normalmente nadie se adelanta, sólo algún extranjero recién llegado a la ciudad.

Me cuelo primera y siento varios pares de ojos observándome.

Nadie se queja.

El tren, paciente, espera lo necesario.

Van entrando, unos tras otros, y siguen entrando…

El vagón parece elástico.

No se atropellan para “ganar” un asiento, no se abren paso, no empujan (no hace falta) más bien se hacen chiquitos para no molestar… Los cuerpos se acomodan uno al lado del otro, como rompecabezas. Apenas se rozan, es un contacto imperceptible, respetuoso.

No hay palabras.

Solo se escucha la voz automática del altoparlante que dice buenos días, el nombre de la estación, y algunas frases más que no logro entender …

El tren arranca.

El vagón está repleto, es hora pico, pero no vuela ni una mosca.

Nadie se mira.

Los pasajeros viajan ensimismados en sus vidas, en sus celulares en modo silencioso. Si alguien recibe un mensaje, se responde sólo por mensaje de texto. Hablar por teléfono en lugares públicos está prohibido, como lo indican los carteles, que son religiosamente respetados.

Llegamos a la estación, se abren las puertas y el acceso en el anden está despejado. Los pasajeros que viajarán esperan ordenados en el anden, atrás de la línea amarilla, los que llegamos salimos cómodamente.

Tokyo Malena Subway2Todo empieza a parecerme normal, pero solo por un segundo. No logro ver que dirección tengo que tomar. Derecha o izquierda? Pero ya no hay tiempo para pensar. Los pasajeros son una marea humana compacta.

Caminamos. Somos todos uno. Uno que camina, camina sin vacilar, con el rumbo para cada quien conocido, menos para mí. Querría parar y mirar algún cartel con detenimiento o mirar mi mapa, pero es imposible.

La marea humana sigue avanzado, fluye a paso apurado, firme, regular. Se acerca un cruce, hay varias opciones tres, cuatro, cinco, seis opciones.

Sin mirar, van eligiendo opciones. Me desespero o me resigno? Soy la única que tiene que parar, mirar y elegir.

Imposible.

Al menos no de inmediato. Me siento parte de un engranaje y presiento que si me salgo de él, algo terrible puede suceder. Me dejo llevar resignada…

La marea humana no permite improvisaciones ni cambios bruscos, estos son ajenos a toda marea humana. Al menos no para esta mecánica marea.

Es un fluido pegajoso. Nos atraemos.

Temo que será difícil separarme de ella. Busco el momento. Busco los carteles con la mirada. Voy dejando atrás nombres, números, colores, letras, líneas de subte.

Seguimos atraídos. Pegados. Avanzamos rápidamente.

Un ligero cambio.

Corre una brisa.

Siento algo de espacio a mi alrededor. Y otro poco más de espacio. El paso se desacelera. Puedo correrme… o se corren los otros…

Se distancian, se alejan, toman diferentes caminos.

Aliviada me paro. Busco el nombre de mi línea de subte en mi mapa.

Otra vez corre la brisa. Se escucha de nuevo el ruido de la marea. Se acabó el tiempo para estar inmóvil en el medio, hay que elegir el camino o escabullirse atrás de una columna para mirar el mapa y tal vez lograr ubicarme.

Alguien me roza.

Me siento torpe, lo incomodé. Me siento desubicada.

A ese alguien no le gustó. Pero no me dice nada.

Soy consciente que malogré el regreso a su casa.

 

Malena
Tokio, Japón
Enero 2015