Home > Vida en el extranjero > Seguridad > Historias de sobrevivientes – lo que el Tsunami no se llevó

 

El 27 de febrero un fuerte temblor ha sacudido Chile, dejando centenas de muertos y destruyendo casas y vidas. Lorenzo Moscia, un fotógrafo italiano que vive en Santiago de Chile y que hemos tenido el honor de entrevistar aquí, nos envía estas fotos increíblemente intensas, que han capturado toda la devastación y la desesperación provocadas por el temblor. Las acompañan un texto del periodista chileno Marcelo Simonetti, que ha recogido historias de sobrevivientes. Gracias a los dos.

Claudiaexpat
Abril 2010

 

El devastador maremoto, que siguió al terremoto del 27 de febrero pasado en Chile, arrasó con 400 kilómetros de pueblos y ciudades costeras. Mientras comienza la reconstrucción de esas zonas, sus habitantes alimentan la esperanza con el relato de quienes derrotaron a la gran ola.

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David Cáceres (58) aún no terminaba de reponerse del terremoto, que a las 03.34 había despertado violentamente a los chilenos con una intensidad de 8.8 en la escala de Richter, cuando vio venir en el horizonte una gran ola que avanzaba sobre donde él estaba. Un tercio de Constitución –uno de los balnearios más tradicionales de Chile, con casi 55 mil habitantes- estaba en el suelo. El resto de la ciudad había soportado el embate de la Tierra, sobre todo las construcciones a orilla de mar donde David Cáceres tenía su restaurante y casa. Cuando vio esa gran ola que se levantaba su primera reacción fue abrazar a su hijo David y a su mujer. No había más luz que la ofrecida por la luna llena. Se dispuso a morir ahí, al lado de su restaurante, sintiendo el olor a miedo que rezumaba el cuerpo de su esposa y de su hijo.

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Como él, miles de chilenos que habitaban la costa entre Llico y Talcahuano (una franja que se extiende al sur de Santiago por casi 400 kilómetros) sufrieron la madrugada del 27 de febrero por partida doble. Media hora después del gran sismo, sucesivas olas azotaron el litoral. El último recuento del gobierno identificaba a dos millones y medio de damnificados y a 452 muertos, más una cifra indeterminada de desaparecidos que podría elevar las víctimas fatales a mil. De la mitad de todos ellos habría que responsabilizar a la ira del mar.

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La Cabaña del Puerto llevaba treinta años funcionando en la punta sur de Constitución. Ofrecían mariscos y pescados. Había sido una buena temporada. Las ganancias del verano ascendían a 8 millones de pesos (16 mil dólares) que David Cáceres guardaba celosamente en una cajita. Minutos antes de dormirse, se asomó a la ventana y respiró profundo el aire que le llegaba de un mar en paz. Casi un espejo. Una hora después se levantaba en calzoncillos y despertaba a su mujer para arrancar como podía. Subieron al cerro ayudados por su hijo David (20). El terremoto no duró más de tres minutos. Cuando la Tierra dejó de sacudirse esperaron un momento. Estaban agotados, sedientos. Y como la calma volvió, bajaron en busca de un poco de agua.

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Habíamos llegado abajo cuando vimos que una gran ola se venía sobre nosotros. Tratamos de arrancar y nos enredamos en unas ramas. La primera ola reventó los enormes galpones de los pescadores y se recogió. Estábamos exhaustos. No nos podíamos soltar. Vimos venir la segunda ola. Unos veinte metros de puro mar que se elevaban en el horizonte. No me podía las piernas. Les dije a mi mujer y a mi hijo: abracémonos y muramos juntos“, recuerda David.

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Sin embargo, cuando casi se entregaba, una fuerza se apoderó de él e hizo el último intento. Tomó a su mujer del brazo y subió con ella y su hijo para librarse de la muerte. Abajo el mar destruía el restaurante. Se lo engullía para borrarlo del mapa y hacer como que nunca hubiera existido. Junto con él también se llevaba la ganancia de ese verano.

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Perdí la mitad de mi vida. No tengo dinero ni para un clavo. Ahora estamos viviendo en medio de un bosque y pasamos las noches a la intemperie con unas cobijas que nos entregó un vecino. Tenemos hambre, pero sé que nos vamos a levantar“, dice David.

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No es la primera vez que un maremoto arruina la vida de los chilenos. En 1906, las aguas entraron en la ciudad de Valparaíso luego de un sismo de 8,3 en la escala de Richter; y en 1960, tras el cataclismo de Valdivia (el más intenso de la historia mundial, con 9,5 en la escala de Richter), el mar inundó la ciudad.

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A Agustina, Mirta y Fidelmira Jaramillo – madre, hija y nieta – les tocó estar cerca de Valdivia para 1960. En Toltén, a 200 kilómetros del epicentro, vieron cómo su casa se venía abajo. Arrancaron gateando porque no se podían mantener en pie. Nunca pensaron que habrían de volver a vivir algo similar.

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Mirta (74) llegó a Constitución en 1965, siguiendo a su novio que la había conquistado en las playas de Toltén. Fueron felices hasta que él murió en los ’90. Rehizo su vida, se instaló con un restaurante y vendió el mejor pescado frito de la zona. Vive ahí, a cien metros del mar, con su hija Fidelmira (55) y su madre, Agustina (99), que no puede moverse de la cama desde que hace una década resbaló en un choapino y se quebró la cadera.

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Después del terremoto, nosotros sabíamos lo que venía. Nos habían dicho que si había un sismo fuerte la posibilidad de que se saliera el mar era inminente. Estábamos solas. Solas y asustadas. No podíamos mover a mi viejita que estaba acostada en el segundo piso, así es que tuvimos que despedirnos de ella antes de arrancar. Le di un beso en la frente, lo mismo hizo mi hija, la abrazamos y le dijimos cuánto la queríamos. Y nos fuimos, sabiendo que podía morir ahogada“.

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El agua entró con violencia. Quienes lograron ver cómo irrumpió, dicen que cubrió hasta la mitad la Piedra de la Iglesia, una formación rocosa de casi sesenta metros, para luego caer sobre los bares y pubs de orilla de playa y sobre la casa de Agustina, Mirta y Fidelmira. El agua se estrelló contra el segundo piso de la casa. Aún se puede ver la marca que dejó sobre una de las vigas. Sin embargo, milagrosamente, nada le pasó a la mayor de la familia Jaramillo. Sin duda, la Piedra de la Iglesia funcionó como rompeolas y evitó la muerte de la casi centenaria Agustina. Cuando Mirta y Fidelmira regresaron, estaba ahí, protegida con las ropas de cama, con el miedo pegado a la cara, con sus 99 años más vivos que nunca.

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Cincuenta y cinco kilómetros al norte de Constitución está Iloca. Aunque quizá sea más correcto decir “estaba”. El terremoto no sólo arrasó con todas las casas de este balneario de la zona centro-sur de Chile, sembrando muertes y desapariciones; también se llevó un parque de entretenciones y la mitad del Circo de Las Montini, que había hecho fama un lustro atrás cuando la telenovela homónima puso a los artistas del circo en pantalla. Los diez hijos y 22 nietos de Fernando Monsalve (66), el fundador y patriarca de esta familia circense, salvaron con vida luego que Monsalve y su hijo Ever (21) alertaron a todos de que el mar se recogía.

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Yo le venía diciendo a mi mujer, Olga I, que tenía un mal presentimiento. La temporada había sido demasiado buena. Trabajábamos a función completa, nos bañábamos en la playa todos los días y comíamos pescado frito. Era demasiada felicidad para ser cierta… Yo miraba el mar y lo veía tan encima que presentía una tragedia. Mira el mar, Olga, en cualquier momento se va a salir“, recuerda Fernando.

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La noche del terremoto y luego de revisar que el sismo no le había hecho mella a su circo. Se fue a parar a metros del mar. Su hijo lo acompañó y lo vieron tan calmo que creyeron que nada iba a ocurrir. “Lo miramos a huevo”, reconoce.

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Pero de pronto, el mar comenzó a subir y no tuvieron más que arrancar. Les avisaron a todos, con la ola pisándoles los talones. “Yo ví cómo el mar arrastraba la jaula de los leones que pesa cerca de 15 toneladas. Era como una centrífuga que se tragaba todo: el camión, la carpa, las torres, las luces”, cuenta Ever. “Sentimos el sonido del mar que entraba como si fuera un monstruo y cuando se estrelló contra la jaula de los leones oímos un solo rugido y luego el silencio. Fue impactante”, dice Fernando.

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El Circo de los Montini perdió la carpa, un camión Scania, las torres de luces, un par de jaulas y a uno de sus leones estrella. Su fundador implora la compasión de un empresario que le de en préstamo un camión para echar a andar nuevamente el circo. Por ahora no hay risas en el circo, sólo esperanzas para un hombre que, paradojalmente, se inicio en las pistas con el seudónimo de Tony Terremoto.

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