Home > América del Norte > Estados Unidos > 11 de septiembre 2001: nueve días en el aeropuerto de Miami

Entre otras cosas, el expatrio implica un montón de viajes, de aviones, de aeropuertos y viajes intercontinentales. A veces nuestros viajes coinciden con algún gran suceso y terminamos involucrados, convirtiéndose estos viajes en eventos aventureros, inesperados y, en algunos casos, muy duros. El 11 de Setiembre del 2011 me quedé bloqueada por 9 días en el aeropuerto de Miami con mis dos hijos. Se los cuento aquí.

Claudiaexpat
11 de Septiembre 2012

 

Agosto 2001. Estoy feliz de vacaciones en Italia. Un día suena el celular, y Aida, mi amiga hondureña que está también ella en Italia con su hija, quiere saber cuándo regresaré a Honduras. Ella tiene su vuelo a mediados de Octubre, pero su miedo de volar ha llegado a un nivel muy alto y prefiere adelantar su regreso para viajar con alguien conocido que le de la mano en el despegue y en el aterrizaje. Le digo que yo parto el 10 de Septiembre pero que duermo una noche en Miami y luego prosigo para Tegucigalpa el 11 de Septiembre en la tarde. Aida cambia su pasaje. Se quedará bloqueada con nosotros, 9 días en el Aeropuerto Internacional de Miami.

 

Llegamos a Miami todos muy contentos. Luego de dos meses y medio de relajantes vacaciones en Italia, la idea de retomar el ritmo de la escuela y de volver a ver a los amigos en Honduras nos atraía mucho. Además, ya que llegábamos a Miami cuando no habían más conexiones con Tegucigalpa, la compañía aérea nos pagaba una noche en el hotel del aeropuerto: para mí esto constituía una pausa de descanso en el viaje tan largo y para los chicos (que en ese momento tenían 5 y 9 años), una novedad emocionante.

La mañana del 11 de septiembre, a buena hora, me acerqué al mostrador de Taca, la compañía aérea de Centroamérica, para hacer el check-in con tiempo y evitar desagradables colas. Llegué justo en el momento en el que el encargado estaba retirando del mostrador las tarjetas para las maletas, los lapiceros, los folletos y todo lo demás. Sorprendida, le pregunté cuándo abrirían el check-in y me respondió “hoy no, el aeropuerto está cerrado”. Traté de entender mejor, pero el tipo estaba apurado y se fue rápido. Confundida, por decir lo menos, me acerqué al mostrador de Alitalia, que me había llevado hasta Miami, y ahí empecé a ver las cosas un poco más claras. “Dos aviones han entrado a las torres gemelas del World Trade Center en Nuevo York y un tercero ha caído en el Pentágono” recitó la encargada de turno, como si estuviera contando que el circo acababa de llegar a la ciudad, de lo que deduje que estaba en shock. Tambien yo empecé a sentir que me invadía cierto pánico… Regresé al cuarto y Bob Esponja fue sustituido en la pantalla de TV por las imágenes que todos trsitemente recordamos.

El resto es rutina en estas situaciones: llamada al marido que estaba ya en Honduras (¿por qué los maridos no están nunca en estas situaciones?, a mi mamá (ya resignada a las aventuras de la hija), a la línea aérea (que sabía menos que yo). Me encontraba en el aeropuerto de Miami con dos niños, cuatro pesadas maletas, en uno de los momentos más trágicos de la historia de Estados Unidos, y sin la más mínima idea de cuánto tiempo me quedaría en el cuarto del aeropuerto.

Mis hijos pocos días antes de partir

Mis hijos pocos días antes de partir

Para comenzar, reconfirmé la reserva en el hotel del aeropuerto (por suerte tenía conmigo la tarjeta de crédito y suficiente dinero en la cuenta del banco – ¡expatriadas de todo el mundo! Si pueden, ¡¡no viajen nunca sin una tarjeta de crédito que se apoye en una cuenta bancaria lo suficientemente nutrida!!): apenas se supo de la catástrofe todo se volvió una locura de gente en busca de cuartos donde pasar la noche.
Luego me puse a pensar en cómo le presentaba la noticia a los niños: decidí rápidamente que la verdad sería la mejor solución. No tenía la fuerza de inventar situaciones de menor magnitud y necesitaba poder ver las noticias a cada hora y hablar libremente por teléfono con quien sea que me llamase para actualizarme sobre la situación.
Tercer y angustiante punto: ¿cómo entretener y mantener calmados a dos niños de menos de 10 años en un aeropuerto internacional en pánico?

Los primeros dos días pasaron bastante fácil: recorrimos, rincón por rincón, todo el aeropuerto, desde la tienda de cosas raras y libros, hasta los bares en incluso los baños. Cuando fue claro que el lugar no tenía más secretos para nosotros, que conocíamos de memoria todos los títulos de los libros, todos los sabores de los caramelos y todas las tiendas del aeropuerto, supe que debía inventarme alguna otra cosa. Saqué del fondo de la maleta los regalos que había escondido y que se supone eran para navidad: dos lindas cajas de Lego nuevas tuvieron ocupados a los chicos por varias horas en el suelo alfombrado del cuarto del hotel.
El hotel tenía, naturalmente, una bella piscina sobre el techo: lástima que en esos días un huracán cuyo nombre no me acuerdo estaba pasando por Florida, haciendo que en la ciudad de Miami cayera una lluviecita helada e insistente que no invitaba al bikini ni siquiera en la situación más desesperada.

No quería salir del aeropuerto por dos motivos: primero porque temía que pasara alguna cosa en mi ausencia (seguramente reabría el aeropuerto y yo perdía la oportunidad de tomar el primer vuelo) y, segundo, una salida a la ciudad constituiría un duro golpe a nuestros bolsillos que ya estaban siendo bastante afectados con una estadía forzada en un exclusivo hotel en Miami.

Nuestros días tomaron rápidamente un tono rutinario que nos ayudó a sentirnos seguros y nos permitió bromear sobre la situación, alegrándola. En la mañana bajaba, mientras los niños dormían, y sondeaba las caras de las personas con las que me encontraba, mientras preguntaba si había novedades. Compraba croissants y jugos de frutas y regresaba al cuarto, donde prendía la tele para conocer las últimas noticias. Luego se abría la casa de juego, jugábamos cartas hasta media mañana, momento en el que me dedicaba a las llamadas (al marido, a la línea aérea, a los conocidos). Vuelta por el aeropuerto y almuerzo. Dibujos y TV en el cuarto, seguida de hora libre para mí que me iba a las cabinas de internet para desahogarme con interminables mensajes a las amigas (todavía no existía Expatclic…). Otra vuelta por el aeropuerto, cena, más juegos de carta antes de dormir y dormir. Y al día siguiente lo mismo.

Una noche como a las once, cuándo los tres estábamos durmiendo (sufríamos todavía por el jet lag) la voz perentoria de la alarma llenó la habitación: “Atención: hotel del aeropuerto de Miami. Deben dejar inmediatamente la habitación. Repito: Dejen inmediatamente la habitación. Mantengan la calma. No usen los asensores. Diríjanse hacia las escaleras. Mantengan la calma.” ¿PERO QUÉ CALMA? Momentos difíciles en mi vida había ya tenido varios, incluso sin marido y con hijos, pero el pánico que sentí con ese anuncio fue de lejos el más grande que había sentido hasta ese momento desde cuando había decidido hacer mis maletas y dejar mi mundo seguro de Milán. Me puse en pie como empujada por un resorte y en ese momento me convencí de que tenía diez brazos: con uno despertaba a mi hijo mayor y lo empujaba de la cama, con el otro cargaba al pequeño y me lo ponía en un lado, con el tercero agarré pasaportes, toallas absorbentes, una tableta de chocolate y los metí en la cartera, mientras que con el resto de los brazos me ponía los zapatos y ayudaba al grande a pararse. En el corredor, el caos: la gente en pijama, bata, semi vestida, con sueño, aturdida, que se precipitaba hacia el final del corredor. Convencida que estábamos todos a punto de salir volando, llegué justo a los demás al atrio donde un guardia pacífico y casi irónico (¿¿¿¿¿cómo hacen para ser siempre así tan “self-controlled”?????) nos dice que regresemos tranquilos a la cama, que no había pasado nada: ¡¡¡¡¡alguien había fumado en el ascensor y esto había hecho que suene la alarma!!!!! Cualquier comentario que pueda hacer sobre el tema me parece superfluo.

Miami beachLos días pasaban sin novedad. Las imágenes de dolor, luto y rabia seguían en las pantallas de nuestros televisores. Las miradas de la gente que se encontraban en el aeropuerto tenían la misma sombra. Algunos empezaban a hacer planes para irse en barco (!!!). Los chicos estaban resignados y sorprendentemente calmados. Un día hasta organicé una búsqueda del tesoro en el aeropuerto y hasta los guardias, en estado de máxima alerta, sonreían viendo las dos cabezas rubias que buscaban los papelitos en los basureros y debajo de las frías sillas de las inmensas salas del aeropuerto.

Al octavo día no podía más. Decidí que saldríamos, costase lo que costase. Tomamos un taxi y nos fuimos al acuario. Esos momentos de normalidad nos hicieron mucho bien. Alejarnos de las imágenes de desesperación y muerte y de ese hotel silencioso y alfombrado para ver a los delfines, a la orca Lola que saltaba echando litros de agua a los espectadores y jugar a los barquitos en el lago artificial del acuario fue como un bálsamo para el corazón. Me di cuenta que la vida fuera del aeropuerto continuaba. Pensé que antes o después continuaría también para nosotros.

Al regresar esa tarde, nos esperaba una buena noticia: mi marido había hablado con alguien de la línea aérea que le había garantizado que al día siguiente reiniciarían los vuelos. Con la ventaja de estar ya en el aeropuerto, al día siguiente sacrifiqué el rito de los croissants para bajar al mostrador a las seis y media con mis pesadísimas maletas. La cola se formo inmediatamente. En un minuto una multitud de gente tomo posesión del aeropuerto, por todos lados habían carritos, maletas, mujeres, hombres, niños, ancianos, todos con la cara cansada que empujaban para llegar primeros. El funcionario de Taca se me acercó y tomó los pasajes de mis manos. Los estudió brevemente y me hizo una señal para pasar al check-in: ¡lo hubiera podido besar! Tres horas después los chicos y yo nos estábamos poniendo el cinturón de seguridad a bordo del avión que nos llevaría a Tegucigalpa, a casa. Se sentía alivio a bordo, una especia de emoción infantil se sentía entre los asientos. Pero también había tensión, tristeza. Estoy segura que sólo los niños pequeños no pensaron, al momento del despegue, en aquellas personas que sólo unos días antes se encontraron en otro avión, en otra ciudad y con el mismo optimismo se pusieron los cinturones de seguridad para el vuelo que sería el último de sus vidas.

Claudiaexpat
Lima, Perù
Agosto 2007

Traducido del italiano por Mociexpat

Foto principal de Yann Forget – Opera propria, GFDL, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6122281

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