Home > Familia y Expatrio > Adolescentes > Crónica de un retorno anunciado

Hace ya cinco años que escribí este artículo donde cuento como Pablo empezó a dibujar su propio destino. En todos estos años hubo alegrías y tristezas, experiencias que seguramente todos podemos reconocer como vividas en las propias vidas, encuentros, desengaños, rupturas, dudas…. Pablo volvió a trasladarse, dejó Portland y para mi sorpresa del concierto de posibilidades eligió el país en donde yo crecí, el lugar de mi infancia y de mis recuerdos, Buenos Aires, después de tantas mudanzas creo que decidió establecerse en el lugar que sintió más familiar. Hoy está en plena tarea de definir las coordenadas de lo que quiere hacer, tratando de buscar la seguridad en él mismo más allá de la seguridad que nosotros como padres podemos brindarle. Y nosotros, por nuestro lado, lo seguimos acompañando y apoyando como siempre.  

Rupexpat
Noviembre 2013

Artículo original:
Este es un breve relato sobre como Pablo, mi hijo, decidió el lugar donde comenzaría sus estudios universitarios y su «nueva» vida. Historia que quiero compartir con ustedes para que tal vez juntas podamos reflexionar sobre esta dificil etapa en la vida de nuestros hijos : la adolescencia en la expatriación.

Rupexpat
Atenas, Grecia
Enero, 2008

Cuando mi hijo Pablo nació fantaseaba con la idea que la vida familiar sería como un núcleo perfecto y sólido que protegería su infancia contra las turbulencias de los traslados y las mudanzas, y efectivamente así fue, nada parecía amenazar nuestros vínculos estrechamente tejidos en la calidez de nuestra vida doméstica.

Los años fueron pasando y el momento tan temido llegó, los chicos crecieron y comenzaron a proyectar su vida lejos de la mirada de los padres: la universidad, vivir solos, otra ciudad, otros amigos, otras responsabilidades….

Pablo tiene 18 años recién cumplidos y toda una vida a sus espaldas de idas y venidas alrededor del mundo. El trabajo de su papá le fue dibujando una vida nómada, desde Argentina a Estados Unidos, pasando por China, Italia, y Grecia. Creció asomado a otros horizontes y expuesto a las experiencias y sentimientos que inevitablemente le trajo el vivir transitoriamente en diferentes países. Cada mudanza le abría una nueva ventana al mundo, a veces con dificultades y a veces más fácilmente, se fue adaptando a cada lugar, encontrando amigos, disfrutando de sus días y haciendo de cada ciudad y cada casa su lugar definitivo. Cada partida renovaba viejas tristezas, recreaba nostalgias conocidas, reabría dolores que se creían olvidados, cada llegada prometía nuevas ilusiones, reavivaba desafíos, despertaba ganas de conocer y aventurarse a lo nuevo. En cada mudanza el proceso se repetía, los recuerdos queridos servían como conjuro contra los temores, las inseguridades, las soledades de los primeros tiempos, para así recomenzar un nuevo ciclo.

Y así pasó sus años escolares… Los últimos cinco de su escuela superior los cursó en Pórtland (Oregon), donde formó un entrañable grupo de amigos y donde conoció su primer amor. Antes que terminara su anteúltimo año nos enteramos que teníamos que dejar Estados Unidos y mudarnos a Grecia. Mis hijos, se entristecieron, se enojaron, mucho más que en los anteriores traslados, hubo períodos de silencio, de planteos, de llantos, de explicaciones, finalmente con el transcurrir de las semanas los ánimos se fueron suavizando y ante la ausencia de alternativas empezaron a aceptar la idea de volver a partir.

Pablo intentó convencernos de dejarlo en Pórtland para empezar sus estudios universitarios, pero la idea de dejarlo en la costa oeste de los Estados Unidos, mientras nosotros nos instalábamos en Europa nos pareció en aquel momento descabellada. Estar separados por un océano y miles de kilómetros era como dejarlo abandonado a su suerte, siempre habíamos estado juntos, nuestra familia había sido como una pequeña fortaleza que nos protegía ante tantos cambios y no podíamos pensar en la idea de vivir tan alejados unos de otros. Pablo, por primera vez, se iba a vivir solo, lejos de nosotros y queríamos, pese a la inevitable distancia, poder llegar relativamente rápido, al lugar donde estuviese. Le propusimos como alternativa ir a estudiar a Londres, y así fue….

Después de examinar programas y analizar cursos, y compartiendo a veces nuestro entusiasmo, Pablo decidió enviar aplicaciones a varias universidades inglesas. Al cabo de varios meses recibimos la respuesta que había sido aceptado en una de las universidades elegidas.

Cronaca di un ritorno annunciatoLos meses trascurrieron, y Pablo empezó a languidecer, a desdibujarse, él que había sido siempre un excelente alumno, dejó de estudiar, llegaba tarde a la escuela, a la noche no lograba dormir, no tenía ganas de nada, ni siquiera de escribir, que era su actividad preferida. Su padre, que en aquel entonces estaba ya viviendo en Grecia, volvió a Pórtland para que entre los dos lo ayudásemos a salir de la depresión en la que había caído. Con paciencia y mucho amor logramos que se graduara. Llegó el momento de la partida, y de las despedidas…, extrañamente estaba tranquilo.

Una vez en Grecia, Pablo estaba más silencioso que nunca, raramente sonreía, no quería responder preguntas, ni contarnos qué le pasaba, tampoco quería aceptar la ayuda psicológica que le ofrecíamos. La situación parecía escaparse de nuestras manos. Nos fuimos de vacaciones, pero cada día lo notábamos más triste, más ausente.

Cuando volvimos a casa comenzamos los preparativos para viajar a Londres y organizar allí su vida de estudiante. Confiábamos en que se entusiasmase con la ciudad, con las múltiples oportunidades culturales que se le ofrecían, con los cursos, los talleres de escritura, los diferentes clubs que funcionaban en su campo, con sus compañeros que venían como él de otras partes, con su recién estrenada independencia, con todo ese mundo que se estaba abriendo ante sus ojos. Por otro lado sabíamos que sus amigos eran fundamentales y para asegurarle una continuidad con ellos nos comprometimos a ayudarlo a viajar a Pórtland apenas fuese posible.

Llegamos a Londres, se instaló en su dormitorio en el campus universitario, se inscribió en sus clases, compramos sus libros y todo lo necesario para que pese a nuestra partida él sintiese que tenía algo parecido a una “casa”, a un “refugio”.
Y allí lo dejamos…, en la esquina de un café londinense, bajo la lluvia, despidiéndonos con la mano mientras nuestro autobús se alejaba.

A la semana Pablo se volvió a Pórtland. Juntó las pocas cosas que le entraron en su valija y dejó Londres, en silencio, en secreto, casi con miedo que alguien pudiese detenerlo. Partió hacia el lugar donde sentía que estaba ”su casa”, sus amigos, su novia, sus vínculos afectivos más allá de su familia.

Después de dos días de llamarlo y no tener repuesta “supe” que se había ido, no tenía dudas, las señales que había dejado en los últimos meses habían sido tantas, como tanta fue nuestra obstinación en no querer registrarlas. Al día siguiente nos mandó una larga y emotiva carta explicándonos el porqué de su decisión. Y ahí está ahora rearmando su historia, demostrándonos a nosotros que sabe lo que quiere y sobre todo defendiendo lo que es para él más valioso: el amor y sus amigos, y su lugar, aquel que fue construyendo a lo largo de cinco años y al cual no quiso renunciar.

Pese al shock inicial que significó su partida, y a la confusión de sentimientos confieso que me siento aliviada, como si recién ahora me diese cuenta, viendo a mi hijo feliz, libre de la melancolía de los recuerdos y comprometido con sus elecciones, del error de no haber escuchado en profundidad sus razones.

Se que cada persona, cada familia, cada historia es diferente, pero si tuviese que decir algo a los padres de todos estos chicos que crecieron siguiéndonos por el mundo, queriéndonos y ayudándonos mas que nadie a poner la piedra fundamental en los lugares que hemos habitado, es que los escuchemos y los apoyemos en sus decisiones, como ellos nos han apoyado siempre incondicionalmente, y que pese a las diferencias de criterio aprendamos a comprender sus reclamos. Pienso que a veces es difícil dejar de lado todo lo que hemos soñado y proyectado en y para ellos, pero pensemos que a pesar que conforman nuestra esencia ellos tienen necesariamente que partir para construir su propia identidad (partida doble : hacia su «búsqueda», su «hacerse persona»”, y su partida a vivir solos , a estudiar, a otras ciudades, otros países). Y es este desprendimiento el que se nos hace tan lacerante después de haber estado tan cerca de ellos. Tal vez no puedan plantear claramente todas las respuestas que les demandamos, tal vez no sepan todo sobre el camino que empiezan, justamente porque lo están recién empezando, pero es aquí donde creo que debemos ser más sabios y pacientes, y acompañarlos, atentos y vigilantes desde lejos, aceptando que no sabemos todo sobre ellos, y que está bien que no lo sepamos. Esa dimensión en la que no entramos y que es solo de ellos, es la más genuina y propia y la que tal vez encierre los insospechados recursos que tienen para la creación única de su propio camino.

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